
En la facultad de psicología me dieron un buen consejo (puede que el único) que intento aplicar con mayor o menos éxito a mi vida diaria: "ten, sobre todo, una actitud científica ante todas las cosas. Cuestiona, analiza y sopesa todos los puntos de vista, incluso si van contra tus principios o todo lo que creías o dabas por supuesto”. Después de más de 10 años embarcada en mi cruzada verde, decidí asomarme al otro extremo de my way of thinking en uno de los momentos en los que el peso de mi ecoconciencia me estaba haciendo más pupita: la cumbre de Copenhague. Porque, ¿qué pasa si no es tan fiero el calentamiento global como lo pintan? ¿acaso es sólo una cortina de humo o un hábil ardid para sacarnos los cuartos?
Es inherente a la psique humana (y también a la naturaleza) la tendencia a encontrar un contrario que ayude a equilibrar la balanza. Por muy evidente y abrumadora que sea una teoría, siempre surgirá una opuesta nutrida de sus agujeros (y más aún si hay objetivos económicos de por medio) . Y del “gruyerismo” del Calentamiento global, han surgido algunos disidentes más o menos ruidosos tachando a los supuestos ecologistas de maniqueos y alarmistas, entre otras lindezas.
En resumidas cuentas, los científicos de ambos bandos, esgrimen los datos de sus investigaciones como si fueran espadas, aprovechándose del hecho de que la mayoría estamos lejos de ser Sheldon Cooper, nos cegamos por los blancos y negros y nos cuesta aceptar que una verdad blanca, pura y cristalina nunca existe.
Confieso tener una tendencia natural a desconfiar de los datos y de las supuestas validez y fiabilidad de las investigaciones (como cualquiera que viva en el mundo real y sepa de los intereses nada científicos que mueven el mundo), así que, alla fine, por mucho que investigue y me documente, lo único que me queda tras ser arrastrada por cascadas de datos, es mi capacidad como observadora y mi intuición. Y en este caso concreto, ambas me dicen que no me creo a Al Gore y su colección de verdades incómodas al 100%, pero que me creo aún menos a los que argumentan que eso del Global Warming es sólo una patraña para que se forren unos pocos, que todo va bien y hay problemas más acuciantes y que las personas de a pie no podemos hacer nada.
Al parecer, estamos condenados a repetirnos. Como dice José Santamarta, cada vez que ha surgido la preocupación sobre algún problema ambiental, las multinacionales responsables y sus representantes políticos conservadores, jaleados por numerosos medios de comunicación, se han lanzado a una campaña de intoxicación. La industria del tabaco durante décadas negó la relación con el cáncer, y se opuso a cualquier medida encaminada a reducir el pernicioso hábito, que tantos beneficios les ha proporcionado, a costa de nuestra salud. Situación parecida se dio o se da con la industria nuclear, el amianto, el PVC, los cultivos transgénicos, la sobreexplotación pesquera, los monocultivos forestales, o el urbanismo disperso y depredador del territorio.
Así ha sido hasta hace "dos días".
¿Qué no todo es hippie-yippie y hay muchos intereses económicos detrás de la reducción inminente de CO2? Of course. Porque la economía es posiblemente el mayor detector de cambios, siempre camina por delante de los políticos y, posiblemente, también de la sociedad. Y ésta apuesta, sin lugar a dudas, a que la Green Revolution es el negocio del futuro. Los empresarios lo saben, los científicos lo saben y los medios de comunicación también. Afortunadamente, apuntarse a lo verde es un chollo con el que todos ganamos. Nadie pierde si vive en una ciudad más green y menos contaminada, si su casa se autoabastece con energías renovables, si se crean más puestos de trabajo, si la basura no existe porque todo se reutiliza, si camina más en lugar de coger el coche o si come más sano y mejor.
¿Se está pecando de alarmismo para sacar tajada antes? Probably. ¿Algunos medios están sesgando los datos para que sólo vean la luz los más agoreros? Puede ser.
Creo que vivimos en un mundo en el que si se descubriera que un meteorito va a caer sobre la tierra con una probabilidad del 85%, los medios de comunicación aliados con las farmacéuticas, comenzarían a anunciar un veneno ultrafast con sabor a fresa adelantando la fecha de gran desastre, para tener la oportunidad de forrarse antes y aprovecharse de la desesperación de los indecisos. Pero eso no disminuiría la evidencia y la gravedad del cataclismo. ¿Qué mas da si las probabilidades de que el Calentamiento global nos golpee en toda su crudeza sean de un 60, un 80 o un 95%? ¿Por qué se critica tanto el coste económico que supondría intentar evitarlo? ¿Acaso prefieren arriesgarse a pagar el precio de no hacer nada?
Todos conocemos el estribillo “existen problemas más graves”. Hay gente que no entiende como se invierte tiempo, esfuerzo y dinero para salvar a los osos polares, por ejemplo, cuando hay gente que aún muere de hambre en el mundo. Lo dicen como si fuera un acto de traición contra tu especie, como si fuera incompatible luchar contra un problema e interesarse por otro y ambas cosas se anularan mutuamente.
No se dan cuenta de que todo tiene que ver con todo, que mejorar las condiciones de un poblado o de una especie concreta, acaba beneficiando a todo el ecosistema, sea homo sapiens, no homo sapientes o vegetal. Luchar contra el cambio climático, invertir en energías renovables y ayudar al desarrollo de los países pobres, evitaría problemas que nos azotan aquí y ahora, como la desertización, la hambruna y la contaminación.
Sin embargo, como grandes artistas del autoengaño, nos da pereza comprometernos a largo plazo. Eso del Global Warming está demasiado lejano en el tiempo y es demasiado abstracto para preocuparse por ello. Nos tocan y nos mueven cosas que nos afectan directamente aquí y ahora, como, por ejemplo, el nuevo look de Belén Esteban.
Si la gente se hubiera echado en masa a la calle, el decepcionante y tristérrimo resultado de Copenhague no habría tenido lugar, porque no habría habido fuerza política o interés económico capaz de acallar “la voz de la tierra”. Nuestro eco-resorte, si algún día se activa, seguirá los mismos patrones que las empolladas en las vísperas de los exámenes: sólo se acaban llevando a cabo las medidas necesarias cuando el fracaso es más que evidente, el miedo ya es considerable y la presión vence cualquier resistencia. Suspenso o aprobado raspado, time will say...