jeudi 1 janvier 2015

Desatar (la red)



“No me gusta que las historias se acaben: ni en el cine, ni en la literatura, ni en la vida. Siempre tiene que haber más posibilidades, más caminos, más respuestas”.

Vicente Leñero

Aunque esta cita bien podría convertirse en uno de mis lemas, las historias sí acaban, y tarde o temprano, no queda más remedio que cerrarlas y guardarlas en nuestra personalísima biblioteca de recuerdos.

Internet es una continua e inagotable fuente de vínculos y relaciones. Cualquier cibernauta que haya vivido la explosión digital durante los primeros años dosmiles, probablemente tenga una colección nada despreciable de conocidos, colegas y amigos internetiles. Y es que cuando nos hallamos ante una persona que nos resulta interesante, una vez superadas las desconfianzas y reservas iniciales, es muy fácil lograr cierto grado de confianza y apertura emocional (probablemente mucho más sencillo que en un pudoroso encuentro cara a cara).




Sin embargo, la gran diferencia entre las ciber-relaciones y el “real world” es su frustrante inconstancia y fragilidad. Por muy sólida y duradera que parezca una ciber-amistad, incluso si ha trascendido su condición cibernética, puede ser borrada de un plumazo, simplemente si uno de sus miembros elimina/cambia su correo, se suicida de las redes sociales o deja de actualizar o comunicarse.

A lo largo de estos últimos años he conocido y perdido muchos ciber-vínculos. Una gran parte acabaron por “diferencias irreconciliables” o “cambios de ritmo vital”, pero hay un número de personas que han desaparecido bruscamente de mi vida sin ninguna explicación clara y, lo que es aún más frustrante, sin decir adiós.

En un (ciber)mundo perfecto, todas las relaciones acabarían con un cierre tan claro, firme y respetuoso por ambas partes, que se facilitaría enormemente el proceso de duelo. Sin embargo, no vivimos en ese mundo. Además internet, mal que nos pese, posibilita comportamientos y actitudes cobardes y egoístas impensables o bastante peor admitidas en los códigos sociales del mundo no cibernético.



Recientemente he descubierto que el no cierre sumado a mi tendencia o incapacidad de soltar, me ha convertido en una especie de Penélope digital. Y es que consciente o inconscientemente, a pesar de haber aprendido a vivir sin ellas, sigo aferrándome a la posibilidad de reencontrarme con esas personas. 
Pero mantener una puerta abierta día tras día conlleva una cantidad de energía, y un nivel de desgaste y frustración que mi renovada autoestima no está dispuesta a tolerar.

Por lo tanto, desde este humilde portal y a pesar de la certeza de su total indiferencia (y de que jamás se entregará el mensaje porque algunos, además, ni siquiera entienden mi lengua materna), cierro oficialmente cada una de las puertas sin rencor, sin arrepentimiento y sin nostalgia, y les dedico, como no podría ser de otra manera, las inspiradas palabras de despedida del Theodore en la imprescindible (y visionaria) Her:

"I just wanted you to know there will be a piece of you in me always, and I'm grateful for that".





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mercredi 29 octobre 2014

Caricias versus palabras




Recientes estudios demuestran que los perros prefieren ser acariciados en lugar de recibir una alabanza vocal. Al parecer, las caricias (estímulo adictivo del que nunca se cansan), no sólo refuerzan el vínculo humano-canino, sino que mantienen en buen estado de salud al animal, disminuyendo su pulso y su presión sanguínea. ¡Menuda decepción! Las palabras que en nosotros, los humanos, pueden llegar a ser mágicas o herir más poderosamente que espadas, dejan prácticamente fríos a nuestros hermanos perrunos.

   


Ironías aparte, este descubrimiento, sin embargo, debe sorprender, únicamente, a los científicos. Cualquiera que haya convivido y querido a un ser perruno puede corroborar este hecho sin necesidad de grandes muestras de estudio. Los perros necesitan caricias, y los gatos, esos mágicos seres incomprendidos, también necesitan caricias que devuelven terapéuticamente multiplicadas en ronroneos. Lo que no aclara el estudio, a pesar de todo, es para quien resulta más placentero o necesario acariciar a un animal peluchil. ¿No es ese uno de los motivos por los que, secretamente, muchas personas conviven con otros animales? Victor Hugo anunció mediante una curiosa hipótesis que  "Dios hizo el gato para ofrecer al hombre el placer de acariciar un tigre". Tenía algo razón.




Si siguiéramos una dieta emocional básica, los humanos necesitaríamos acariciar y ser acariciados diariamente para reforzar vínculos y mantenernos emocional y físicamente sanos. Sin embargo, ese vínculo táctil ha quedado limitado, básicamente, al ámbito amoroso/sexual o maternal. Reclamar y prodigar caricias, ser tiern@, da pudor (¿alguien recuerda en qué momento de su vida dejó de reclamar ser acariciad@?). Si hubiera un tribunal de crímenes emocionales contra la salud de humanidad, algo o alguien debería pagar por haber condenado al ostracismo al sentido del tacto, convirtiéndonos, de por vida (y a menos que no espabilemos), en una especie de neuróticos, fóbicos e inseguros.





Pero volviendo al tema perruno, vale, los perros necesitan ser acariciados para sentirse vinculados a sus humanos, al igual que más sanos y queridos. ¡Buen científico, guapo científico! Investigaciones como esta demuestran que, además de la necesidad de publicar estudios sobre cualquier tema, la comunidad científica es una maestra en el arte de proyectar y centrarse en observar pajas en ojos ajenos en lugar de hacer hincapié en las propias. Aunque, tal vez, y solo tal vez, este estudio haya sido la excusa inconfesa de un grupo de fóbicos al contacto para acariciar, si no un tigre, algo parecido a un lobo. Who knows… 


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jeudi 23 octobre 2014

La implacable persistencia de las “Señoras de”



George Clooney, alias “Mr Nespresso”, “el soltero más codiciado del mundo” o “me unto las suelas de los zapatos con albóndigas para que este perro tan mono me escoja” se ha casado. Este bombazo del mundo corazonil, en sí mismo, ya es capaz de hacer pulsar el botón de stop terráqueo. Sin embargo, hay una noticia derivada del feliz acontecimiento, que no sólo es capaz de lograr parar el mundo, sino de hacerlo girar hacia atrás sobre su eje: su esposa, Amal Alamuddin, joven, inteligente, carismática, independiente, una de las abogadas más prestigiosas del momento y potencial it girl, se ha cambiado de apellido. Ahora es Amal Clooney, o, directamente, la señora Clooney.




Cuando creíamos que el vetusto club de “las señoras de” estaba de celebradísima capa caída, llega una de las más prometedoras abanderadas del feminismo para propiciarnos una sonora bofetada en el rostro. Y es que, al parecer, una vez casada, a esta brillante mujer le han pesado (y traicionado) las tradiciones (¿os habéis dado cuenta de que traición y tradición se escriben casi igual?), como a tantas otras antes que a ella. Ya nadie recuerda, por ejemplo, cual es el auténtico apellido de Victoria Beckham, pero no duele lo mismo que se despersonalice y se “anexe” la ex-spice más pija, a que lo haga una de las más renombradas expertas en derecho internacional, derecho penal y derechos humanos. No hay color.




¿Qué expresa, en realidad, esta tradición tan arcaica, triste, machista y rancia de cambiarse el apellido? Nos dice “Mi marido y yo no somos iguales. Él es la figura alfa de la pareja, social y/o íntimamente, estoy supeditada a él. Permito que su protagonismo eclipse al mío”. ¿Y qué puede impulsar a una super mujer como a Amal a traicionar(se), a seguir mutilando el progreso? ¿Cómo es que casi nunca vemos cambios de apellido en los esposos? ¿por qué las renuncias y las transigencias en las mujeres se siguen fomentando y premiando socialmente en detrimento de estas? 




Aunque no lo comparta en absoluto, exhibir públicamente tu condición de casad@, sin embargo, me parece una decisión muy respetable. Sin embargo, puestos a ponerse una alianza metafórica de cara a todas las galerías, ¿por qué no hacerlo ambos? El guapo actor Aaron Taylor-Johnson era al nacer, simplemente, Aaron Johnson. Tras casarse con la directora de cine Sam Taylor-Wood, la pareja decidió unir sus apellidos. Por lo tanto, ahora ambos son los  señores de Taylor-Johnson. Así sí vale, así están diciendo al mundo “ambos somos iguales” y con excepciones como la suya el castigado planeta vuelve a girar un poquito más rápido en la dirección que naturalmente le corresponde, tratando de compensar, aún sin éxito, el peso de demasiadas tra(d)iciones.


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