lundi 14 novembre 2016

Trumpism: ¿El principio del fin?




Soy optimista. Espero vivir este planeta, al menos, los mismos años que ya he caminado por él. Sin embargo, no me preocupa tanto la cantidad, como la calidad de ese tiempo futuro. La victoria electoral de Donald Trump (posiblemente la representación de lo peor de la especie humana, o séase, el diablo, seas creyente, agnóstic@ o ate@) supone una amenaza y una regresión para USA a todos los niveles, pero también representa, no sólo una potencial catástrofe medioambiental sin precedentes, sino la gota que colme del vaso de la irreversibilidad del cambio climático. Es por ello que aunque como ciudadana del mundo y feminista, me siento enfadada, triste e profundamente preocupada, como ecologista y activista por los derechos de los animales estoy totalmente destrozada.




Environmental apocalypsis is coming?

Creo, y espero no equivocarme, que casi todas las majaderías retrógradas que Mr Orange ha estado escupiendo durante su campaña (deportar a los inmigrantes ilegales, construir un muro con Mexico, modificar la ley del aborto, acabar con Obama Care o imponer un arancel del 45% a cualquier producto procedente de China) van a resultar muy difíciles, sino imposibles de implantar. Aunque hará mucho daño a l@s más vulnerables y desfavorecid@s, los tratados de libre comercio que USA ha firmado, según dicen, impedirían la tasa, las deportaciones serían impedidas por revueltas interiores y el muro mexicano supondría un gasto inasumible, amén de un escándalo internacional, entre otras limitaciones.




Pero también creo, y espero equivocarme, que en materia medioambiental (lo cual es un oxímoron en su caso, ya que niega rotundamente el cambio climático)  es donde más letales promesas se podrían cumplir. Trump quiere acabar con todos tratados y medidas green que Obama ha firmado durante estos últimos años, entre ellas, como no, su compromiso para rebajar la llamada huella de carbono del país. La idea de los republicanos es que no exista ningún tipo de regulación sobre el C02 y como niegan el cambio climático, niegan que esta sustancia haga ningún tipo de daño al planeta.

El nuevo presidente pretende eliminar por completo la EPA o Agencia de Protección Medioambiental de los Estados Unidos (a través de esta organización se vigila que las compañías cumplan los requisitos medioambientales legales en cuestiones de contaminación). Y por si esto no fuera suficiente desatino, Trump, un férreo defensor del libre mercado, considera que el Gobierno de USA no debe financiar proyectos de investigación de energías renovables. Por lo tanto, todos los fondos públicos quedarán cancelados.




Además, Mr Biggot quiere que su adorada América, por su cara naranja bonita deshaga su compromiso histórico de cumplir los acuerdos firmados en París sobre el cambio climático, cuyo objetivo era mantener el aumento de la temperatura global por debajo de los 2ºC (recordemos que USA es el segundo país más contaminante del mundo, solo superado por China, pero que incluso el gigante asiático comienza a ponerse las pilas). ¿Podría el nuevo gobierno abandonar un acuerdo ya firmado y ratificado? "Desde un punto de vista legal Trump no puede salirse, pero puede ignorarlo y no hacer lo que su nación prometió y no habría mecanismos para impedirlo", comenta el climatólogo de la Universidad de Zurich (Suiza) Reto Knutti. Si se diera el efecto contagio a otros países especialmente contaminantes, en 4 años las posibilidades de que el mundo cumpla el objetivo de los 2ºC pasarán de modestas a pequeñas, pero si dura 8 años se acercarán a 0.





Personalmente, me hace especialmente gracia la creciente (e hipócrita) preocupación mundial por el cambio climático (mode ironic on). Cualquiera que sepa un mínimo en materia medioambiental sabe que no se puede achacar el calentamiento global únicamente al CO2 proveniente de la quema de los combustibles fósiles. Si el cambio climático fuera la cabeza de Medusa, la otra gran serpiente sería la ganadería industrial, que ya emite oficialmente más porquería a la atmósfera que todos los transportes del mundo juntos (La emisión directa de metano en las granjas de vacas y cerdos es la principal fuente de gases de efecto invernadero y este gas es 23 veces más agresivo que el dióxido de carbono de cara al calentamiento global).

Pero, of course, esta incomodísima verdad no le interesa ni a los informativos, ni a las grandes empresas cárnicas, ni al consumidor  medio. Como ecologista y vegana, me cuesta no caer en la misantropía más absoluta al confesar que, si aquí y ahora a la humanidad se le presentase la disyuntiva de A) Volverse vegana y parar en seco el Cambio Climático (cosa que sería más que probable) y B) No cambiar sus hábitos en absoluto y arriesgarse a morir, la humanidad elegiría B.





El machismo se quita la careta

También me resultan muy curiosos los “Mc Artículos” publicados a las pocas horas de la victoria de Trump, explicando los motivos por los que habría ganado el gran magnate. Y es que, si tan claras y predecibles eran las pistas, ¿por qué no lo había previsto absolutamente nadie (Si me apuráis, ni el propio Trump)?. Aunque l@s expert@s achacan buena parte del voto secreto a l@s afectad@s por el cierre masivo de fábricas y empresas, como siempre, bien sea a escala personal como social, carecemos de perspectiva para poder entender lo que está pasando en el momento en el que ocurre, y eso no hay politólog@ ni sociólog@ que lo rebata.




Lo que sí está dolorosamente claro, es que por muy racista que sea USA (¡y mira qué es racista!) es aún mucho más sexista y machista (recordemos que otorgó el derecho de voto a los hombres negros 50 años antes que a las mujeres de cualquier raza). La desoladora imagen de una digna y sorprendentemente entera Hillary Clinton en el día posterior a su derrota, enviando un mensaje de esperanza a las niñas y pidiendo una oportunidad para Trump, es de las que llegan al alma, porque tanto si se es pro Mrs Clinton como si no, no hay mujer en el mundo que no haya sentido en algún momento de su vida la desgarradora sensación de ser ninguneada y despreciada en favor de un hombre que era inferior y/o mucho menos competente que ella. Y, francamente, no sé qué me asusta más: si el varón de entre 45-90 años o votante medio de Trump, que lo considera un rol model o directamente un dios, o ese 52% de mujeres blancas (frente al escaso 7% de las negras) que han elegido a un misógino, abusón, machista y repugnante depredador sexual como representante.

Si hubiera justicia (poética) en el universo (y sabemos que no la hay), a Trump debería sucederle Lisa Simpson una mujer de raza no blanca, ecologista, vegana, lesbiana o bisexual y profundamente atea/agnóstica. Eso sí que supondría un síntoma claro de que el mundo ha evolucionado finalmente. Lamentablemente, comienzo a pensar que no viviré para verlo.





¿El principio del fin?

Un pequeño rayo de esperanza es que el nuevo cargo de “hombre más poderoso de la tierra” para el ricachón, vago, mimado y ultramediático que siempre ha sido Trump, le queda demasiado grande. Posiblemente, y a pesar de su hambre de poder de niño rico, el tipo que siempre lo ha tenido fácil en la vida ahora se enfrenta a un nuevo poder que, como dirían en Spiderman, también conlleva una gran responsabilidad. ¿Aguantará estoica y diariamente aburridas reuniones, viajes protocolarios, pilas de documentos o tediosos intercambios diplomáticos sin aparecer voluntariamente en la prensa o sin escuchar, a todas horas, los aplausos y vítores de sus descerebrados fans?

Pero aunque de tod@s es sabido que, en realidad, son “4 corporaciones” las que dominan el mundo, con la complicidad asquerosa de grandes políticos, entre otr@s, tampoco conviene menospreciar ni un ápice el potencial daño que el Trumpismo puede causar por muy incompetente que pueda ser o por mucho freno legal, político-social, demócrata y mundial que le impongan. Porque Mr Orange es, ante todo, y como ya sabemos, un síntoma, aunque sea de los más graves, de lo profundamente enfermo que está el mundo. Y cuando un organismo está tan enfermo, solo quedan dos salidas: sanar o morir.





La evidencia es abrumadora: no hay duda de que nos encontramos ante un inquietante punto de inflexión. O bien esto resulta el principio del fin del mundo que conocemos y tod@s los menores de 50 años acabemos sucumbiendo al apocalípsis de la pobreza y del calentamiento global, o puede que el trumpismo, la amenaza del fascismo, el letal cambio climático y las preocupantes y crecientes desigualdades sociales acaben siendo el acicate u oportunidad que la consumista-hedonista-pasmada humanidad necesita para empoderarse, para indignarse, para rebelarse y ser proactiva en lugar de reactiva, pasiva y mansa; para escarbar y cambiar los cimientos podridos de este despreciable patriarcado capitalista-neoliberal, sexista, especista, racista y homófobo, y arrebatar así el poder al 1%, al “gran hermano” o virus-empresas caníbales que están destruyendo el mundo. No sabemos qué precio habrá que pagar para conseguirlo, pero de lo que no cabe ninguna duda, es de que el valor de lo que nos jugamos es aún mayor. La responsabilidad de que no caiga definitivamente la balanza del lado oscuro es de tod@s y cada un@ de nosotr@s, pero, como diría un gran y querido amigo “torres más altas han caído”.





“Luckily, real change, like a tree, grows from the bottom up, not the top down […] We will not mourn, we will organize. Maybe we are about to be free”.
Gloria Steinem

(“Afortunadamente, el verdadero cambio, como los árboles, crece de abajo a arriba, no de arriba abajo […] No permaneceros en duelo, nos organizaremos. Quizá estemos a punto de ser libres”).


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vendredi 20 mai 2016

La vital necesidad del autoengaño




Antes de la ahora internacional expresión suajili “Hakuna matata”, Baloo le enseñaba un mantra similar a Mowgli en otro libro y otra selva, algo más lejana en el tiempo y el espacio. Y si los habitantes (supervivientes) de lugares tan inhóspitos insisten en darnos una lección a lo “Robinson Crusoe”, rescatándonos de “los caníbales”, no tenemos motivos para dudar de su sabiduría.

Sobrevivir en una selva es una hazaña, pero vivir realmente en ella es casi una utopía. “Busca lo más vital” aseguraba el entrañable y perezoso plantígrado. Pero, ¿qué es lo más vital? Posiblemente tener, sin excepción, y como diría Maslow, nuestras necesidades más básicas cubiertas. Y, entre estas, la más primordial es la fisiología. Una vez hidratad@s, alimentad@s, descansad@s y fuera de algún amenazante peligro físico, podemos sentir la tangibilidad y certeza aplastante de esa sensación de saciedad. No hay forma de llevarse a engaño: estamos a salvo.




Sin embargo, cuando pasamos al siguiente escalón, la perspectiva cambia. Nos hemos subido en la mesa del profesor Keating y vemos el mundo con algo menos de ansiedad paralizante, pero también con nuevas e inquietantes certezas y matices. Sabemos que lo más básico en este momento es sentirnos física y emocionalmente a salvo. Y si tenemos un techo bajo el que descansar cada día, un sueldo, una salud decente y una familia biológica y escogida contra la que ovillarnos, ¿podemos asegurar con la misma aplastante certeza anterior que estamos realmente a salvo?

La respuesta es sí y no. Porque no, nada garantiza objetiva y de forma perpetua nuestra seguridad y en el fondo de nosotr@s mism@s somos conscientes de ello. Vivimos sujet@s a un sinfín de (caprichosas) variables, siempre en movimiento, que no somos capaces ni de prever ni de controlar. De un día para otro (y, en ocasiones, sin que nos demos cuenta), podemos ser víctimas de algún accidente o catástrofe, perder la salud, a un ser querido, nuestro trabajo o, incluso, nuestro hogar. Nos movemos en un equilibro más precario y efímero del que podemos sospechar y somos, en todo momento, tristes, esforzad@s y resignad@s funambulistas.
Pero, ¿cuál es nuestra pértiga? ¿qué elemento evita que miremos hacia abajo, tropecemos o nos caigamos? ¿qué nos insta a tomar impulso? Autoconvencernos, irónica e ingenuamente, de que estamos a salvo y que todo marcha bien, habitando así, ilusamente, en la muy transitada calle Autoengaño. Porque aunque sepamos (in)conscientemente que esa edificación es tan ficticia y transitoria como los decorados y el atrezzo que residen entre bambalinas, la necesitamos con urgencia para creer que el show, nuestro show, debe continuar.



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lundi 31 août 2015

La "vuelta al cole" eterna



Posiblemente al ser testigo, un agosto más, de la ubicua y masiva campaña “la vuelta al cole”, hayas sentido una mezcla inconfesa de compasión y de “malicia recochineadora”. ¡Pobres niños!, es cierto. Pero no es menos cierto que tu mism@ has vivido y sufrido ese duro proceso, cumpliendo con creces tu académica condena. Alguna ventaja tendrá haber aparcado la etapa estudiantil, ¿no es cierto?

Sin embargo, no te engañes, (responsable) niño grande, porque este nuevo curso tú también tendrás que enfrentarte a un sinnúmero de asignaturas (hueso o no), exámenes (sorpresa o no), compañeros de curso puñeteriles (psicópatas o no), y, lo peor de todo, a esa humillante y (reveladora) ocasional y simbólica entrega de notas, que es casi como un striptease obligatorio en el lugar más insospechado.




Y es que puede que hayas dejado de estudiar, que formarte durante toda la vida no sea lo tuyo, o que no hayas abierto un libro desde 1996, pero la cruda verdad que toca asumir es que nunca has dejado de formar parte de un curso, un curso interminable, con compañeros que, en la mayoría de las ocasiones, ni siquiera conoces. Y bien sea hace una semana, dentro de un mes o durante los próximos 10 ó 20 años, seguirá estando en marcha.

Las asignaturas que lo componen no son, por ejemplo, matemáticas, lenguaje, historia o química, sino situación laboral, pareja, satisfacción vital, estatus, popularidad y vida social/familiar, autodependencia, economía, lujo material, trascendencia (normalmente sinónimo de maternidad/paternidad), nivel cultural, atractivo físico (o saber conservarse/envejecer bien), Carpe diem (o buen aprovechamiento del tiempo libre), y, a partir de bien entrada la mediana edad, salud, supervivencia y calidad vital de nuestros progenitores y defensas anti-amargura, entre algunas otras.




Y cada vez que nos topemos con otra persona, bien sea de nuestra misma edad biológica o pertenezca a alguna generación por encima o por debajo de la nuestra, las comparaciones, casi siempre negativas, se pondrán inconscientemente en marcha. Comenzaremos a evaluarnos el uno al otro, como dos profesores vocacionales e improvisados, para tratar de averiguar nuestro nivel y nuestra nota en todas esas asignaturas. Y suspiraremos aliviados si nuestra calificación media es comparativamente superior y nos hundiremos en la humillación y vergüenza más absolutas si el duelo nos declara oficialmente perdedores.

No es culpa nuestra. De alguna forma, durante la infancia y adolescencia aprendemos a “convivir y relacionarnos en cursos” con personas que están en un nivel emocional, experiencial e intelectual similar al nuestro. Todos aquellos que nos sobrepasan en 5 cursos son, a nuestros ojos, más maduros e intelectualmente más sabios que nosotros. El problema es que el colegio, el instituto y la universidad acaban y las asignaturas en las que vamos a estar examinándonos durante el resto de nuestra vida no tienen un nivel medio universal, ni una rítmica dificultad in crescendo, ni están encuadradas en un mismo curso rígido. Son multiniveles, no homogéneas en conjunto, independientes unas de otras y, en la mayor parte de las ocasiones, tienen más que ver con nuestra personalidad que con nuestra edad y experiencia (podemos puntuar muy alto en alguna de ellas desde muy jóvenes y suspender reiteratívamente otras hasta el fin de nuestras vidas).




¿Pertenecer a un curso interminable es el precio que tenemos que pagar por ser seres sociales? ¿por formar parte de la cultura occidental del éxito, la materialidad y el estatus? ¿Qué podemos hacer para no matricularnos o hacerlo cuando nos dé la gana? El curso sigue eternamente en marcha, es cierto, pero no le demos la misma importancia a todas las asignaturas y seamos conscientes de nuestras aptitudes, limitaciones y circunstancias personales, sin presiones ni exigencias externas. Convirtámonos en nuestros personalísimos motivadores/maestros, no para sacar más nota que el de al lado, sino por el puro placer de crecer y aprender si creemos que necesitamos hacerlo. No hay nada más inútil e injusto que comparar nuestras pesadas mochilas con las de cualquier estudiante que aparezca en nuestro camino porque nadie ha cursado ni cursará exactamente nuestro mismo “curso vital”. Queridos niños, comparémonos menos y sintámonos orgullosos del “tramo académico” que sí hemos recorrido.

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