mardi 14 juillet 2015

Requisitos para ser una persona (joven) normal




Recientemente, la primera película como directora de Leticia Dolera nos planteaba una lista de “requisitos para ser una persona normal” (trabajo, casa, pareja, vida social, aficiones, vida familiar, ser feliz), con la sana intención de demostrar que, no sólo la normalidad no existe, sino que la ruta hacia la felicidad, como el DNI, es algo personal e intransferible.

Sin embargo, cuesta creer, incluso dentro de una ficción amable como la que nos plantea, en una lista de requisitos de normalidad que se basen, casi principalmente, en el tener en lugar de en el ser. Además, ¿desde cuándo ser feliz es algo normal en lugar de ser una condición intermitente y extraordinaria?

Puede que mi “deformación académica” como licenciada en psicología me haya robado la capacidad de disfrutar de películas (y planteamientos) como este, pero mientras la veía me resultaba imposible no crear mi propia lista que, admitámoslo, seguramente resulta tan subjetiva y tan poco fiable como la de Dolera.

Sin embargo, os animo a que realicéis mi test de normalidad (podría haberlo llamado “lista de normalidad para treintaintantañeros”, que es el segmento vital en el que me encuadro). Estoy convencida de que no hay ni una sola persona que se descubra como 100% “normal” ;)


  



Ser moderada o ligeramente neurótico.

Conocerte parcialmente y no ser consciente de ello.

Tener un físico “del montón”.

No tener una clara vocación ni grandes pasiones o hobbies que te comprometan con la acción (no, ser fan de algún equipo deportivo no cuenta).

Tener una familia moderada o ligeramente disfuncional.

No destacar de forma extraordinaria en nada.

Haber encontrado a tu gran amor (o uno de ellos) en la veintena.

Llevar una alianza (o estar a punto de) al cruzar la treintena.

Traer al mundo de uno a dos churumbeles.

Llegar justito a fin de mes.

Tener una relación de amor/odio con tus padres.

Ser omnívor@.

Sentirte moderadamente satisfecho con tu vida y, ocasionalmente, tener rachas de felicidad.

Padecer de uno a dos catarros por año y sufrir algún achaquillo de vez en cuando.

Que las cosas que hacen que la vida valga la pena, por encima de todo, sean: Comer y/o el sexo y/o las juergas nocturnas (alcohojiles o de otras sustancias), y/o tu equipo favorito (del deporte que sea) y/o hacer shopping y/o dormir.

Haber convivido, en algún momento de tu vida, con tu padre y con tu madre (o tus tutores de “educación parejil”).

Sentirte identificado, al menos, con el 75% de las “situaciones universales” que plantean monólogos (supuestamente) graciosos tipo El club de la comedia.

No ser particularmente religioso (o nada en absoluto), pero seguir ciertas tradiciones como casarse por la iglesia o bautizar a tus hijos.

Ser esclavo de tu hipoteca/alquiler.


Identificarte con algunos rasgos que definen la idiosincrasia de tu país de origen.





      Tener ciertos conocimientos de una lengua extranjera pero estar lejos del bilingüismo.

      Ser más reactiv@ que proactiv@.

      No llegar nunca a la autorrealización (desarrollar todo tu potencial).

      Sufrir, al menos, una pérdida brutal a lo largo de tu vida.

      Que hayas partido y te hayan partido el corazón.

     Tragarte, más a menudo de lo que quieres confesar, cualquier cosa que te pongan en la tele y/o estar enganchado a alguna serie malota, a algún reality o a algún programa del corazón.

      Seguir la mayoría de los hábitos y costumbres que te han introyectado por inercia y comodidad y sin espíritu crítico.

      Ser esclav@ del pasado.

      Aferrarte al sufrimiento.

      Llenar el vacío vital con drogas/sexo/comida/shopping/tener un hijo.

   Evitar o procrastinar cualquier actividad que te suponga un gran esfuerzo físico o intelectual.

     Salir excepcionalmente de tu zona de confort (especialmente una vez asentado en un trabajo, un estilo de vida y una relación amorosa).

       Tener, al menos, uno o dos buenos amigos.

      Hacer comparaciones negativas respecto a las personas que conoces (o la hierba siempre crece más verde al otro lado).

        Llevar una vida familiar, amorosa y laboral super estable al cumplir los 40.

      Resistirte al cambio y hacer malabarismos emocionales para no variar tus hábitos/ideas/concepciones del mundo ni un ápice aún a sabiendas de que te estás provocando un sufrimiento (y estancamiento) innecesario.

       Tener un hijo porque A) El útero caduca; B) La presión social indica que “ya me toca”; C) “Seguro que si no lo tengo me arrepiento en el futuro”; D) Siento un hueco vital; E) “Así tengo alguien que me cuide y quiera cuando sea abuelit@”; F) “Es mi forma de autorrealización”; u otra que no sea “Es lo que más deseo en este mundo”.

        Haber sido tratado u operado de, al menos, una enfermedad seria.

        Tener poca o nula eco-conciencia y eco-responsabilidad.





4        
 Sentir un grado palpable de frustración en tu día a día. 
           
       Embarcarte en, al menos, un viaje al año.
  
   Tener cierta dificultar a la hora de expresar tus sentimientos (especialmente cuando se trata de asumir ante otra persona un error/defecto, ser asertivo o pedir perdón).  

    Sentir aprecio por una buena parte de las otras especies animales (especialmente por el perro), pero consumir la carne, leche, huevos, piel/plumas/pelo y subproductos de buena parte de ellas sin plantearte el grado de sufrimiento al que estás contribuyendo o si existen otras posibilidades. 
   
      Vivir acomplejado con algún aspecto de tu físico. 
   
      No llevar a la realidad una buena parte de tus fantasías sexuales (o la mayoría).
    
      Estar, en algún momento de tu vida adulta, platónicamente enamorado de algún/a modelo, actor/actriz, cantante, deportista, etc.
    
    No haber perdonado alguna afrenta, daño emocional o acto de deslealtad a un (antiguo) ser querido.
     
      Sentirte orgulloso de algún rasgo físico o de tu personalidad y/o de un logro personal.
     
      Tener algún kilillo de más.
    
      Tener algún secreto o miedo inconfesable.
   
    Creer que hay algún aspecto de tus “neuras” o miedos que es tan “made in you” y/o raruno y/o vergonzoso, que es imposible que lo comparta o comprenda alguien más.

      Creer, secretamente, que eres más especial y valioso que la mayoría.
  
     Tener algún prejuicio inconfesable y/o muy poco políticamente correcto.

      Leer bestsellers o novelas que no te supongan un reto.





5     No sentirte del todo satisfecho con tu vida sexual.

56-    Tener, durante una parte considerable de tu vida, uno o varios trabajos “que-te-absorben-el-alma”.

57-  Sufrir, en menor o menor grado, por saber que no encajas en el ideal social que se nos vende (alt@, guap@, ric@, cuerpazo, casaza, cochazo, movilazo, etc).

58-   No estar implicad@ en ninguna actividad solidaria.

59-   Llorar viendo las olimpiadas.

60- Tener la (¿paranoica?) sensación de que cada vez tienes más instrumentos para comunicarte pero que, paradójicamente, te comunicas menos y de peor forma.

61- Sentir cierta presión social de estar a la altura cada vez que te encuentras con alguien perteneciente a tu generación.

62-   Creer que los ecologistas caen en el tremendismo o que los males que anuncian no llegarán (o no serán muy evidentes) mientras tú habites la tierra.

63-  Caer, más a menudo de lo que te gustaría, en el “¡Y tú más!” cuando te hacen una crítica o reproche.

64-  Creer que no has vivido (ni vivirás) la intensidad de “un amor de película”.

65-  Sentirte más sol@ de lo que quieres admitir.

  Vivir acosad@ por cierto nivel de envidia.
6
66- Conformarte ante las desgracias y dificultades en lugar de intentar cambiar tu situación.

Considerarte una buena persona con buen gusto y sentido del humor.



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jeudi 1 janvier 2015

Desatar (la red)



“No me gusta que las historias se acaben: ni en el cine, ni en la literatura, ni en la vida. Siempre tiene que haber más posibilidades, más caminos, más respuestas”.

Vicente Leñero

Aunque esta cita bien podría convertirse en uno de mis lemas, las historias sí acaban, y tarde o temprano, no queda más remedio que cerrarlas y guardarlas en nuestra personalísima biblioteca de recuerdos.

Internet es una continua e inagotable fuente de vínculos y relaciones. Cualquier cibernauta que haya vivido la explosión digital durante los primeros años dosmiles, probablemente tenga una colección nada despreciable de conocidos, colegas y amigos internetiles. Y es que cuando nos hallamos ante una persona que nos resulta interesante, una vez superadas las desconfianzas y reservas iniciales, es muy fácil lograr cierto grado de confianza y apertura emocional (probablemente mucho más sencillo que en un pudoroso encuentro cara a cara).




Sin embargo, la gran diferencia entre las ciber-relaciones y el “real world” es su frustrante inconstancia y fragilidad. Por muy sólida y duradera que parezca una ciber-amistad, incluso si ha trascendido su condición cibernética, puede ser borrada de un plumazo, simplemente si uno de sus miembros elimina/cambia su correo, se suicida de las redes sociales o deja de actualizar o comunicarse.

A lo largo de estos últimos años he conocido y perdido muchos ciber-vínculos. Una gran parte acabaron por “diferencias irreconciliables” o “cambios de ritmo vital”, pero hay un número de personas que han desaparecido bruscamente de mi vida sin ninguna explicación clara y, lo que es aún más frustrante, sin decir adiós.

En un (ciber)mundo perfecto, todas las relaciones acabarían con un cierre tan claro, firme y respetuoso por ambas partes, que se facilitaría enormemente el proceso de duelo. Sin embargo, no vivimos en ese mundo. Además internet, mal que nos pese, posibilita comportamientos y actitudes cobardes y egoístas impensables o bastante peor admitidas en los códigos sociales del mundo no cibernético.



Recientemente he descubierto que el no cierre sumado a mi tendencia o incapacidad de soltar, me ha convertido en una especie de Penélope digital. Y es que consciente o inconscientemente, a pesar de haber aprendido a vivir sin ellas, sigo aferrándome a la posibilidad de reencontrarme con esas personas. 
Pero mantener una puerta abierta día tras día conlleva una cantidad de energía, y un nivel de desgaste y frustración que mi renovada autoestima no está dispuesta a tolerar.

Por lo tanto, desde este humilde portal y a pesar de la certeza de su total indiferencia (y de que jamás se entregará el mensaje porque algunos, además, ni siquiera entienden mi lengua materna), cierro oficialmente cada una de las puertas sin rencor, sin arrepentimiento y sin nostalgia, y les dedico, como no podría ser de otra manera, las inspiradas palabras de despedida del Theodore en la imprescindible (y visionaria) Her:

"I just wanted you to know there will be a piece of you in me always, and I'm grateful for that".





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mercredi 29 octobre 2014

Caricias versus palabras




Recientes estudios demuestran que los perros prefieren ser acariciados en lugar de recibir una alabanza vocal. Al parecer, las caricias (estímulo adictivo del que nunca se cansan), no sólo refuerzan el vínculo humano-canino, sino que mantienen en buen estado de salud al animal, disminuyendo su pulso y su presión sanguínea. ¡Menuda decepción! Las palabras que en nosotros, los humanos, pueden llegar a ser mágicas o herir más poderosamente que espadas, dejan prácticamente fríos a nuestros hermanos perrunos.

   


Ironías aparte, este descubrimiento, sin embargo, debe sorprender, únicamente, a los científicos. Cualquiera que haya convivido y querido a un ser perruno puede corroborar este hecho sin necesidad de grandes muestras de estudio. Los perros necesitan caricias, y los gatos, esos mágicos seres incomprendidos, también necesitan caricias que devuelven terapéuticamente multiplicadas en ronroneos. Lo que no aclara el estudio, a pesar de todo, es para quien resulta más placentero o necesario acariciar a un animal peluchil. ¿No es ese uno de los motivos por los que, secretamente, muchas personas conviven con otros animales? Victor Hugo anunció mediante una curiosa hipótesis que  "Dios hizo el gato para ofrecer al hombre el placer de acariciar un tigre". Tenía algo razón.




Si siguiéramos una dieta emocional básica, los humanos necesitaríamos acariciar y ser acariciados diariamente para reforzar vínculos y mantenernos emocional y físicamente sanos. Sin embargo, ese vínculo táctil ha quedado limitado, básicamente, al ámbito amoroso/sexual o maternal. Reclamar y prodigar caricias, ser tiern@, da pudor (¿alguien recuerda en qué momento de su vida dejó de reclamar ser acariciad@?). Si hubiera un tribunal de crímenes emocionales contra la salud de humanidad, algo o alguien debería pagar por haber condenado al ostracismo al sentido del tacto, convirtiéndonos, de por vida (y a menos que no espabilemos), en una especie de neuróticos, fóbicos e inseguros.





Pero volviendo al tema perruno, vale, los perros necesitan ser acariciados para sentirse vinculados a sus humanos, al igual que más sanos y queridos. ¡Buen científico, guapo científico! Investigaciones como esta demuestran que, además de la necesidad de publicar estudios sobre cualquier tema, la comunidad científica es una maestra en el arte de proyectar y centrarse en observar pajas en ojos ajenos en lugar de hacer hincapié en las propias. Aunque, tal vez, y solo tal vez, este estudio haya sido la excusa inconfesa de un grupo de fóbicos al contacto para acariciar, si no un tigre, algo parecido a un lobo. Who knows… 


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