mercredi 21 décembre 2011

Impress yourself!


Una revista que alguien olvidó o abandonó en una de las salas de espera del hospital (o el lugar más aséptico del mundo), me contagió con la duda: ¿cuándo fue la última vez que te impresionaste a ti mism@?

No era más que el artículo de un psicólogo. Uno de tantos que intentan volvernos más autoconscientes y autodependientes. Nada que no supiera, en realidad, pero me dejó K.O. mientras escaneaba, inútilmente, los últimos sucesos de mi vida.

Lo cierto es que, por muy exigente que se sea (o se crea ser), uno sitúa el “hasta aquí” en la satisfacción o en la palmada en la espalda de los otros, pero nunca, o raras veces, en el (como diría Iván Zulueta) autoarrebato.

Tener como meta el impress yourself, puede parecer una utopía o un ejercicio masoquista, pero, bien pensado, ¿no es eso, acaso, lo que esperamos de los otros? ¿no deseamos que, ocasionalmente, todo lo que nos rodea nos impresione, fascine, inspire y enamore para sentirnos vivos?

Necesitamos admirar a nuestros amigos y seres queridos para que nos impulsen, para que nos motiven, para no aburrirnos, ¿pero por qué es menos vital impresionarse a uno mismo? Al fin y al cabo, somos la persona más importante de nuestra vida y si no nos admiramos por aquello que somos capaces de ser o de hacer, si no tratamos de aspirar a lo máximo en todas las facetas de nuestra vida, difícilmente podremos alcanzar algo realmente extraordinario.

Si los otros, los que viven fuera de nuestra piel, pueden dejarnos con la boca abierta, nosotros también. Sólo hay que subir (cuando no se tiene demasiada fe en un mismo) o bajar (cuando la autoexigencia es tan grande que ciega) el listón. Generalmente, somos demasiado perezosos e injustos: ¿cuánto tiempo vamos a seguir poniendo el botón de la hipervelocidad en el exterior de la nave?

dimanche 11 décembre 2011

La ironía de llevar gafas



Benjamin Franklin decía que las 3 cosas más difíciles en la vida son guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar el tiempo. Con todos mis respetos para este eminente político, científico e inventor norteamericano, creo que la afirmación no es del todo exacta. Yo añadiría una cuarta misión imposible a esta lista: las cuatro cosas más difíciles en la vida son: guardar un secreto, perdonar un agravio, aprovechar el tiempo y mantener impecables las gafas.
Esto es algo de lo que nadie te previene. Todos se callan ladinamente: desde tus gafaconocidos hasta los solícitos dependientes de la óptica. Estos últimos te aseguran que un simple lavado con jabón ocasional será suficiente y tras esa flagrante mentira consiguen dormir tranquilos noche tras noche. Sin embargo, estarás solo y desvalido cuando, entre tus sesiones diarias de lectura y ordenador, descubrirás que por mucho que limpies, pulas y des esplendor, la impecabilidad gafil solo dura desde el momento en que las lavas… hasta que te las vuelves a poner.
Ahora que soy ligeramente hipermétrope, siento un nuevo respeto por las personas que utilizan gafas 16 horas al día. La cantidad de preciosos minutos que se pueden desperdiciar en lavar y limpiar unos cristales durante toda una vida me da vértigo.
Utilizar gafas, además, despierta temores ancestrales, de esos que han sido introyectados vilmente en nuestras madres. Tarde o temprano, siempre habrá alguien que te diga “¿me dejas probarme tus gafas?”. Entonces te asaltará la duda junto con unos molestos sudores fríos: ¿Y si no están perfectamente limpias? ¿qué va a pensar de mí?. Y comprenderás por qué los marujos siempre sufren cuando reciben invitados en casa sin previo aviso.
Si se es cuidados@ por naturaleza, las gafas se convierten en una obsesión rayana en lo obsesivo-compulsivo y muchas de las actividades que antes se realizaban con naturalidad ahora quedarán modificadas o limitadas: comerás y beberás con miedo de que se te escapen los cubiertos o el vaso y te rayen los cristales; dejarás de abrazar a la gente o de leer de costado por temor a cargarte las patillas y sufrirás estúpidos ataques de vértigo cada vez que subas unas escaleras o des un salto por temor a que se te caigan. Llevar algo caro y delicado encima es una responsabilidad para la que no todos estamos preparados. Básicamente, es como si una joyería de lujo nos prestara un artículo y nos pidiera que lo lleváramos todos los días pero con ropa de calle, en lugar de una ocasión especial, como ser invitad@ a los oscar.
Pero volviendo al tema principal, en mis últimos y gafiles tres meses y medio, lo más inquietante (y triste) que he descubierto,  ha sido que estamos condenados a esforzarnos continuamente por “limpiar y lavar”. Ver la realidad, con un 100% de nitidez y durante un periodo medio o prolongado de tiempo, es imposible.

mardi 15 novembre 2011

Cuando la realidad supera a la ficción



Una buena tarde, paseando entre las novedades literarias de Fnac, me llamó poderosamente la atención un libro titulado La bailarina, del japonés Ogai Mori. Puede que se debiera a mi predilección por los autores nipones o a su preciosa encuardernación, pero nada más verlo supe, con claridad meridiana, que tenía que leérlo inmediatamente. Sus escasas 75 páginas (prólogo incluido) eran una tentación difícil de rechazar, así que, sin siquiera pasar por caja, busqué una buena ventana y comencé a leer.
La historia podría resumirse (sin spoilers) así: Un estudiante japonés llamado Toyotaro viaja al Berlín de comienzos del siglo XX y conoce una jovencísima bailarina de baja extracción social. Se enamoran. Nadie ve con buenos ojos su unión, pero el chico se aplica y un futuro profesional brillante se extiende ante sus ojos. Sin embargo, el peso de sus responsabilidades (y su cultura) contraatacan: su amor es un obstáculo, así que su honor y su profesión compiten ferozmente contra la rubia Elise. ¿Quién ganará?

Al acabar la última página del prólogo (que reservé para el final) descubrí dos cosas: 1) que aquella novela de amor decimonónica (y algo ñoña,  misógina y desfasada) con abrupto final tenía, a pesar de todo, algunos buenos y recomendables momentos, y 2) que  la historia era casi autobiográfica y que Elise había existido realmente. Un breve resumen revelaba que la love story original había sido muchísimo más interesante que la de La bailarina. De entrada, su protagonista femenina era más fuerte, proactiva y decidida que su sosias literario (es el personaje que más chirría de toda la novela).
Y aquello fue lo que me fascinó. Se intuye lo que pudo impulsar a Mori a decantarse por un final más acorde con los gustos y la sensibilidad de la época, pero, teniendo en cuenta que la mayoría de las novelas son en cierta o gran parte autobiográficas, ¿cuántas historias geniales detrás de las buenas historias nos habremos perdido por culpa de los prejuicios, el dolor, la culpa o el pudor?   

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dimanche 24 juillet 2011

Renovar el DNI




Sólo hay algo que da más yuyu que renovar el DNI: hacerlo cuando lo tienes vergonzosa e inexcusablemente caducado. Sin embargo, en una pirueta optimista, queda la opción de plantearse este engorroso e ineludible tramite como una nueva oportunidad de que tu foto oficial no te impulse a cavar frenéticamente un túnel hasta Australia cada vez que se presente la funesta ocasión de mostrarla.

El hecho de que haya que pedir cita anticipada ofrece buenas perspectivas. Nada de colas interminables bajo un solazo implacable de verano, pensé ingenuamente. Sin embargo, tras llegar con puntualidad suiza al “Renovator Center” y dejar tras de mi una larga fila de forzados lagartijos, lo último que imaginaba era que un policía de mediana edad con el animo tan arrugado como su camisa, me fuera a entregar un papelito que sentenciaba “hay 38 personas delante de ti”.

Sintiéndome la persona más estafada de la tierra y maldiciendo, una vez más, el Spain is still different, lamenté profundamente no haberme llevado la novela que estaba leyendo y me transformé, muy a mi pesar, en una lagartija más. 40 minutos de insolación más tarde, en los que había sido testigo muda de diálogos tan surrealistas como “tengo cincuentaytantos y me voy a cambiar el nombre”, “¿Ah, si? Yo soy aún mayor, pero también quiero. ¿Cómo es Jose Antonio en euskera?”, la decena en la que me encontraba fue llamada... a la salita de espera tamaño chihuahua que tenían habilitada para tal ocasión.

No sé si presa del calor o del desconcierto ante el “¿cómo puede alguien esperar más de la mitad de su vida para rebautizarse?”, ocupé finalmente el asiento de honor en una especie de nube psicotrópica.
Me atendió un tipo de unos 30 años con la misma dentadura que David Guapo. Decidí sacar mi vena simpática, en parte porque odio los incómodos silencios aún más que Mia Wallace, y también porque pensé que atenuaría la intensidad de la bronca que me podía caer por mi tardanza. Mala idea. El Guapo lo interpretó como un intento sutil pero evidente de coqueteo, e instantáneamente empezó a adoptar ese desgastado rol que irrita más que un pedante en un ascensor: el graciosillo.

Confieso que en este punto del proceso yo aún tenía la débil pero cándida esperanza de no volver aparecer en mi DNI con cara de calamar, pero entonces ocurrió. Tras escanearla, el tipo tuvo la delicadeza de mostrarme mi nueva foto junto con la del DNI anterior y de mascullar “¿esta eres tú?” entre tourettianas convulsiones de descojono reprimido. En ese momento, sintiendo como el caoba del pelo se extendía al resto de mi piel, contesté: sí, soy yo. Y sólo me faltó añadir “nunca pensé que lo diría, pero prefiero el calamar a este híbrido entre trol y narcotraficante setentera”.

Minutos después, mientras el chico contraatacaba mi zuckerberiano argumento de “ya existe la tecnología necesaria para que podamos hacer este engorro vía internet”, me plantó un rotulador tamaño godzilla y, exhibiendo su sonrisa picassiana, me instó: ¡firma!. Como, a esas alturas, yo ya había asumido, a lo héroe de novela distópica, que esto de los nuevos cambios DNIles era una burda y asquerosa conspiración para mantenernos sumisos y paralizados por la vergüenza, casi disfruté del garabato de niña de 7 años y medio que me aparecerá por firma durante los próximos 10 años.

“¿Quieres quedarte con el viejo?” preguntó el empleado ligón en un tono entre sibilino y dulzón. “Sí, quiero” respondí firme. No iba a darle la satisfacción de entregarse al que, posiblemente, era su mayor placer como renovator: jugar al “a ver quién encuentra la foto más espantosa”, en una despiadada efervescencia alcohojil, junto al resto de sus compañeros.

Cuando, una hora después de mi supuesta cita, recuperé mi libertad, sólo había dudas en mi cabeza: ¿será cierto eso de que los DNIs ni se crean ni se destruyen y sólo se transforman?¿acaso, por mucho que lo intentemos, la foto de la vergüenza vuelve a nosotros una y otra vez? Entonces lo vi claro: la única solución para librarme del calamar (y de todos los que le sobreviniesen) sería viajar a Gondor y arrojarlo a las llamas del monte del destino.

mardi 28 juin 2011

Machisteces que hay que romper # 1: Las mujeres envejecen antes




A veces pasamos por alto muchas señales machistas diarias, en parte por habituación, en parte por impotencia, y también debido a las dos mil millones de rumias que tenemos en la cabeza. En un ejercicio de honestidad, hay que admitir que muchas de esas señales duelen y da la impresión de que resulta “quijotesco” enfrentarse a ellas, pero si no nos indignamos lo suficiente para combatirlas, si no tratamos de eliminarlas quirúrgicamente a diario, mediante las palabras que escogemos, los hábitos que adoptamos o los toques y reivindicaciones que hacemos, estamos contribuyendo al crecimiento de la mala hierba en el ya descuidadísimo jardín. No sé en vuestro caso, pero para mi “no cortar la hierba” equivale a faltarme al respeto y YA no estoy dispuesta a que eso suceda.

¿Quién es mayor: Viggo Mortensen o Michelle Pfeiffer? O, dicho de otra manera, ¿cuál de los dos tiene más posibilidades de ser el protagonista absoluto en una futura película o de seguir apareciendo en la lista de los más sexy? A pesar de que ambos son cosecha del 58 y de que, Pfeiffer, objetivamente, se conserve mejor que el ya ajado Mortensen, la respuesta es más que obvia. La pregunta, entonces, sería ¿por qué una mujer de 50 años es mayor que un hombre de la misma edad? ¿por qué las arrugas del carismático actor son más bellas e interesantes que las de la espléndida Cat Woman?

Los etólogos más rancios contraatacarían con hipótesis evolutivas, como si la raza humana fuera inmutable, y lo que alguna vez nos trajo hasta aquí pudiera justificar eternamente comportamientos y actitudes neanderthales. Posiblemente, insistirían en el hecho de que la plenitud de la mujer coincide con la plenitud de su ciclo reproductor y añadirían que tiene cierta lógica que la naturaleza “arrebate” el atractivo de una mujer cuando ya no le es útil. En otras palabras: una vez que su útero inicia la cuenta atrás y su capacidad como transmisora de genes queda alterada o anulada, se vuelve, inservible e invisible.

Pero no hace falta llegar a los cuatentaytantos para sufrir esa presión. A las mujeres, se nos mutila psicológicamente ya desde que nacemos. Los mensajes, entre las nanas de la cuna, son claros y directos: para ser aceptada, para resultar querida y deseada, has de ser joven y atractiva. Una vez pasada tu juventud y/o tu atractivo, tu “cotización” como ser humano habrá perdido muchos enteros. Vales, en gran medida, lo que vale tu capacidad para atraer pareja.

Esto lo saben muy bien los guionistas de Hollywood, los publicistas y los medios de comunicación, explotando el bridgetjonismo hasta extremos aberrantes. Ninguna mujer quiere ser únicamente la amiga de la protagonista, oséase, esa chica normalmente más torpe y menos agraciada que la big star, dotada de una ironía a prueba de bomba, cómplice de sus victorias, pero, al mismo tiempo, secretamente ambivalente ante su éxito (especialmente en lo tocante a los hombres). Pero eso es lo que nos venden una vez pasados los 40: una vida de secundaria en nuestra propia película.

Decir que la belleza y la juventud en cualquier sociedad (no sólo en la beautycentrica en la que vivimos) no son dones excesivamente admirables sería una hipocresía descarada por mi parte. ¿Pero por qué tienen que ser más valiosos que otras virtudes bastante menos efímeras? ¿por qué los hombres pueden apoyarse en esas otras virtudes durante toda su vida para ser apreciados, e incluso, seguir resultando atractivos, y las mujeres no?
No nos dejemos manipular. El todo es mucho más que la suma de las partes. Que nuestra autoestima se nutra de todo lo que somos en cada paso que demos, en lugar de, limitarse a aferrar con temor, resignación y reverencia, el espejito mágico de la madrastra de Blancanieves.

jeudi 23 juin 2011

Deformators: ¿usted también los padece?




Antes de quedar con ellos me observo detenidamente en el espejo, y tras una breve evaluación, me preparo mentalmente (y con cierto temor) para recibir, al menos, un “comentario deformator”.
Admito que, en ocasiones, siento el impulso de arreglarme con el esmero que dedicaría a una entrevista de trabajo o una primera cita, pero, tras un debate más o menos reñido con mi autoexigencia, lo acabo venciendo. Soy fuerte y ya los he aceptado en mi vida, de la misma forma que tolero sin morder la adicción hacia los programas del corazón o afirmaciones del tipo “ese no tiene ni media hostia”.

A veces, pongo el cronómetro en marcha. ¿Cuándo llegará el primero? o ¿cuántos habrá en esta ocasión?. Last time, la falta de sueño les había proporcionado munición de sobra y, como sospechaba, también el primer izquierdazo: “¿qué te has hecho en los ojos que los tienes tan pequeños?”. Otras veces, los tiros van más por “¿cómo definirías tu estilo para vestir?” “tienes buen aspecto, ¿ya no usas esa crema hidratante a lo Tita Cervera?” o “¿dónde has comprado eso que llevas?”. Explicaciones como “no tengo ningún estilo ni modelo concreto” “lo único extra que llevo hoy son 8 horas de sueño” o “me lo pillé en rebajas hace un año en H&M”, no parecen satisfacerles. Tiene que haber un producto, una prenda super trendy o un truco que sea suyo (o de su tienda) y de nadie más, con el que puedan transformarte y cumplir su misión embellecedora vital.

A mi la vocación 24/7 de mis friends maquilladores, dependientes inditex o diseñadores, me parece de lo más respetable, ¿pero es absolutamente necesaria by the face en todos y cada uno de nuestros encuentros?.
Normalmente, el proceso suele ser el mismo: en medio de una conversación, se te quedan mirando de arriba a abajo como si estuvieran en trance, y con la meticulosidad de un entomólogo, parecen contar, uno a uno, todos los poros de tu piel. Mientras tanto, puedes leer en sus pupilas los informes de evaluaciones anteriores, las hipótesis, e incluso, las operaciones matemáticas de las conclusiones de su investigación, que sueltan, casi siempre, al más puro estilo anuncio televisivo. Es por esto que, cada vez que acaban una frase, resulta inevitable echar de menos eslogans del tipo “por que tú lo vales”.

Sí, sabes que lo hacen de buena fe, que su trabajo les apasiona y que te aprecian y quieren lo mejor para ti, pero es que ante ciertas expresiones brutales y no correspondidas de amor, me siento como mi gata cuando la achucho hasta casi convertirla zumo: ¡por favor, no me quieras tanto!.
Aunque lo más inquietante de todo, es plantearse como tus propios deformators pueden exprimir a la fuerza a los demás. ¿Acaso habré sido brutalmente honesta e inoportuna en alguna ocasión, sin venir a cuento?. Por eso, desde hace algunas lunas, cada vez que alguien le da una dolorosa patada al diccionario de inglés o una explicación a un comportamiento se enciende en mi cabeza, me lo pienso dos veces antes de abrir la boca.


¿Tú también tienes amigos con deformación profesional aguda?

lundi 23 mai 2011

De redes y revoluciones




La incomunicación es imposible. Eso se aprende en la facultad y también en la vida. En cada nuevo giro de este mal llamado planeta azul, la humanidad descubre nuevas formas de hacer crecer la telaraña de la intercomunicación sin que seamos conscientes de ello. Y es que hemos sido y somos animales gregarios.... hasta que llegó internet. Y cuando un grupo altamente social, desorientado y desencantado tiene a su disposición una herramienta poderosa, con vida propia y de consecuencias imprevisibles, cualquier caldo de cultivo se acelera exponencialmente.

Gracias a las redes sociales, por ejemplo, descubrimos diariamente información valiosa de la interacción de nuestros contactos con el mundo, pero también otros muchos datos que no queremos o necesitamos saber. Al mismo tiempo, en nuestras relaciones sociales, es mucho más difícil permanecer en los márgenes o cortar completamente los hilos, de manera que a menudo se da la paradoja de que vínculos rotos en el “mundo real” siguen manteniéndose artificialmente a través de actualizaciones de blogger, twitter o facebook. De esta forma, cada día sabemos más de nuestros amigos y conocidos (y, a su vez, de sus amigos y conocidos), pero también de nuestros “no amigos”, o incluso, enemigos, con todo lo bueno y malo que eso supone.

Consciente o inconscientemente, saber, conocer, “actualizarse”, deja de ser una necesidad y se convierte casi en una obligación social y/o moral para encajar en estos nuevos tiempos. Y con el peso del conocimiento, también llega la responsabilidad. Aunque se habla de los peligros de la conformidad y del abotargamiento de las masas, casi nunca se incide en su poder cohesionador, movilizador e impulsor. Tomamos un atajo en todos nuestros caminos, e incluso llegamos antes, si nos sentimos respaldados y apoyados. De la misma forma, es más difícil no actuar o no implicarse, cuando se es consciente, a través de un bombardeo de información masivo, de que algunas o muchas personas de tu entorno ya lo están haciendo.

Por lo tanto, el lado bueno de esta globalización (o wikileakación) es que todo lo que nos afecta directa o indirectamente ya no se puede guardar en algún cajón recóndito a la espera de que el tiempo lo vaya carcomiendo, no hay cajones ni polillas suficientes. Con una red tan eficiente y sofisticada, si se prende una mecha, ya no hay resguardo del fuego en ningún rincón del planeta. No importa tanto si la llama prende en Reykiavik, Túnez o Egipto, sólo que la llama prenda; Esta emocionante revolution que se vive en las calles y plazas no es realmente spanish. Simplemente, es. ¿Por qué habrá tardado tanto?

lundi 9 mai 2011

¿Quién teme a Caperucita Roja?




¿De verdad crees que conoces el significado del famoso cuento infantil?.

"Caperucita es una niña de unos 12 ó 13 años a la cual le ha venido la primera menstruación (de ahí la metafora de la capa roja que le regala su madre en la historia). Esto quiere decir que ya está preparada para ser presentada en sociedad y para enfrentarse al mundo, por eso en el cuento sale de casa ella sola "a llevar pateles a su abuela".

El relato es un claro contraste entre la seguridad del hogar, pero a la vez idílico y ficticio, y la realidad y el peligro del mundo exterior a la que todo joven tarde o temprano ha de enfrentarse para llegar a la madurez.

En la siguiente escena surge el primer encuentro de caperucita y "el lobo" el cual no es más que un caballero, cuyas intenciones, bien explícitas desde el momento de su aparición, le llevan a adoptar la metaforfosis del lobo, astuto y sagaz, el cual acorrala a sus presas antes de atacar.

La metaforfosis del hombre en animal no es ninguna novedad, ya que desde la grecia clásica se ha ido adoptando este modo de lenguaje. el hombre valeroso es el león, el fuerte el toro, la astucia el gato o la pantera, el engaño la serpiente... Ya que de ser un lobo de verdad el lector se preguntaría ¿por qué la bestia no atacó a la niña en el primer encuentro como cualquier animal?

De ese encuentro se inicia lo que se ha ido narrando a lo largo de la literatura clásica "el amor cortés", el caballero de una manera galante intenta seducir a la dama pero esta debido a la educación recibida le rechaza. Asi cuando el lobo le dice "caperucita ¿que es lo que llevas en la cestita?" en realidad se está refiriendo al cortejo sexual.

Cuando el hombre o el lobo es rechazado la primera vez por la joven entra en escena el siguiente recurso literario puesto en práctica desde la edad media, recurrir al engaño, así como Don Juan Tenorio recurró primero a la mentira disfrazandose de su amigo para seducir a doña Ana y después ayudado por el ama de lleves de doña Inés para llevar acabo sus planes. Nuestro "lobo" en este caso se valdrá de los trucos de una hechizera o alcahueta como hizo Calisto con Melibea en la Celestina de Rojas.

La abuelita del cuento de caperucita jugará ese papel en la trama, habriendo la casa al hombre y poniendo en practica todos sus recursos para urdir el engaño del que es presa la muchacha, aunque no sería justo decir que es seducida solamente por la alcahueta y el hombre, sino que tambien entra en juego sus propios deseos de su recién descubierta pubertad. Entra en escena el conflicto entre la razón y el deseo o el "yo y el "ello" de Freud. ¿Caperucita no es capaz de distinguir a un lobo disfrazado? ¿o es que en realidad no quiere darse cuenta de ello?

Cuando el lobo se disfraza en el cuento de la abuelita, no es mas que una metafora la cual encubre su personalidad y sus verdaderas intenciones ocultandose tras la máscara de una persona afable y que inspire confianza a la muchacha para que esta consienta meterse en la cama con él. Es entonces donde comienza el acto sexual. Así como las palabras "abuelita, que ojos tan grandes tienes, o que brazos y piernas" no son mas que expresiones para enmascarar una escena de sexo que culmina con el desvirgamiento de la muchacha de una manera brutal, al hablar de "para comerte mejor" se está refiriendo a la penetración.

Como no puede ser de otra forma, la historia acaba de manera trágica con el desvirgamiento de la niña y la venganza del padre, transfomado en nuestros días en la figura del leñador, asesinando al hombre que le ha hecho perder su honor, al igual que fueron los destinos de los anteriormente nombrados Juan Tenorio y Calisto los dos muertos a acusa de sus actos.

Los cuentos infantiles son mucho mas que un pasatiempo para hacer dormir a los niños por la noche asique hay que tener cuidado con lo que se lee :S "

dimanche 17 avril 2011

Los modales en la mesa más curiosos del mundo




¿Vais a ir de vacances esta semana santa y teméis hacer el más espantoso de los ridículos en caso de que algún guapo/distinguido/interesante huésped os invite a comer? Don’t worry! Aquí os presento la guía de mesa de las costumbres mesiles más rarosas del mundo. Bon appétit! ;)


Afganistán


* Los invitados son tratados como a la realeza: se les sienta lo más lejos posible de la puerta, se les ofrece comida en primer lugar y, por deferencia, se espera que coman más que el resto.

* Si se te cae el pan mientras comes con un anfitrión afgano, cógelo, bésalo y tócalo con la frente antes de colocarlo en algún sitio que no sea el suelo again.


Chile



* Los platos se sirven por la izquierda y se retiran por la derecha. A los invitados, para ser originales, se les sirve en primer lugar.

* Mientras estés sentad@ a la mesa, no importa si te llama tu mejor amiga desde el paritorio o tu madre moribunda, ¡no seas descortés contestándo al teléfono!.

* Mastica siempre despacio y con la boca cerrada, no hagas ruido y no hables hasta que esté vacía (bueno, si me permitís el inciso, esto debería internacionalizarse,)

* Inhibe a tu Homer Simpson interno y come sólo una ración de cada plato... a menos que se te pida que repitas.


China


* Nunca apuntes los palillos hacia otra persona, no los uses como baqueta o para mover platos y boles y ni se te ocurra clavarlo verticalmente en un bol de arroz (¡este último gesto indica que la comida esta destinada a los muertos!).

* Para servir a un/a invitad@, usa el extremo romo de los palillos al pasar comida de un plato comunal al plato del guest.

* Cuando no se usen los palillos, se colocan sobre la mesa uno al lado del otro, niveladitos, sin que sobresalga un solo centímetro.

* Cuando se coge comida de una fuente comunal, se escoge la comida que está en la punta y a la distancia más cercana de tu plato. Prohibidísimo picotear de aquí y de allá en busca de “tropezones ricos-ricos”.


India


* Lávate siempre las manos antes y después de comer

* Normalmente, come con la mano derecha y usa la izquierda para pasar platos comunales.

* Acábate todito todo lo que te pongan en el plato (¿incluso si te invitan al banquete real de Indiana Jones y el templo maldito?). :S

* No abandones la mesa hasta que tod@s los invitad@s hayan acabado de comer o tu huésped te pida que le ayudes.


Tanzania


* No muestres las plantas de tus pies si estás comiendo en una alfombra o moqueta.

* Aparecer temprano a una cena es considerado de mala educación: intenta llegar entre 15 y 30 minutos más tarde (¿y esta costumbre no podría exportarse, ein?).




Japón


* Antes de comenzar a comer, espera a que tu anfitrión insista 3 veces que ya es hora de hincar el diente.

* La persona más joven de la mesa tiene que servir alcohol al resto, comenzando, of course, por el invitado más maduro, mientras que correspondería precisamente al más anciano servir a su vez al joven (o pringadillo).

* Nunca jamás pases comida de tus palillos a los palillos de otra persona. Cuando las mujeres toman algo de una fuente comunal y se lo llevan directamente a la boca, deben poner la otra mano en forma de cuenco bajo la comida, mientras que para ellos no es obligatorio (si a un hombre se le cae un poco de yakisoba o fideos japoneses fritos sobre el mantel de la abuelita Ayako, no importa. Relax, boys! Ser un torpón o un cerdo es políticamente correcto).

* Frotar los palillos o quitarles fragmentos de comida es una falta de respeto tanto para un anfitrión como para un restaurante.

* Cuando se comen noodles calientes, hay que sorberlos ruidosamente. No importa lo molesto y asqueroso que resulte el ritual a ojos no orientales, los japoneses creen que esta inhalación realza el sabor de los noodles y no hay más que hablar.

* Las raciones de sushi se han de intentar comer de un sólo bocado incluso si son del tamaño de Godzilla. Si no queda mas remedio que darles más mordiscos, NEVER las coloques de nuevo en el plato entre bocado y bocado.


Pakistan


* Antes de cada comida, los musulmanes pakistaníes siempre recitan la frase “Bismillah Ar-Rahman al-Rahim.” (En nombre de Alá, el misericordioso y compasivo”). Y a continuación añaden “Al-Hamdu-lillah.” (¡Gracias a Dios!). Así que, dónde fueres, haz lo que vieres ;)

* No se empieza a comer hasta que el comensal más mayor esté sentado en la mesa.

* Mastica de tal manera que nadie más pueda oírte (¿y qué hacer cuando hay ensaladas, cereales y frutos secos?).

* Parte siempre el pan en trozos antes de comértelo, y usa sólo tu mano derecha.


Filipinas


* Espera la invitación de tu huésped antes de entrar en un comedor, sentarte en una mesa o servirte comida.

* Nunca jamás rechaces la comida que te ofrezca el anfitrión y deja tu plato limpio cual patena (¿argumentar que ciertos alimentos están prohibidos en tu religión no colaría?).

* Cuando acabes de comer, coloca tu cuchara y tenedor uno al lado del otro y boca arriba.

* Ayuda siempre a tu huésped a recoger la mesa.


Rusia


* Nunca, bajo ninguna circunstancia, mires el plato de otro comensal (Paranoid City! Y yo que creía que en Japón eran un poquito particulares... ).

* Es de buena educación dejar restos de comida en el plato, ya que se considera un tributo a la generosidad del anfitrión.

* Esfuérzate por cultivar una atmósfera relajada y distendida mientras comes (no se menciona si el vodka es un instrumento imprescindible para realizar satisfactoriamente este punto).

* Cuando abandones la mesa, felicita siempre al chef por muy “Anton Ego” que seas ;)



¿Qué me decís?¿en cuál de estos países os resultaría más difícil ser un/a buen comensal? ;)

mardi 12 avril 2011

Yo de mayor quiero ser Paris... Hilton



El artículo de ayer intentaba trazar un paralelismo entre lo que yo me encontraba en la tele cuando salía de clase en mi adolescencia y lo que se encuentran los chavales en la actualidad. Estaba equivocada cuando aseguraba que nada había cambiado. En algunos aspectos, hemos cambiado a peor. Pero aunque no se comparta mi punto de vista, resulta absurdo negar que nuestra sociedad se está hipersexualizando a marchas forzadas. Yo admito que me preocupa el efecto que todo eso puede tener en los más vulnerables e influenciables: los jóvenes.

Investigando he descubierto que amplios estudios sobre la mujer y su sexualidad han revelado que ellas todavía no construyen su autoimagen como sujetos sino como objetos, en eso no ha habido cambios en el tiempo. Pero si se hiciera una encuesta femenina y preguntáramos el ideal de mujer sexy, veríamos que ese concepto no tiene que ver con ellas mismas sino con satisfacer a otros. Hay niñas de cinco y seis años que ya están construyendo su autoimagen en relación al impacto que causan en otros y eso tendrá consecuencias cuando ellas inicien su vida sexual.

Las fuentes de sexualización actual provienen prácticamente de todas partes, especialmente de todos los medios de comunicación: televisión, vídeoclips, letras de las canciones, películas, series, revistas, publicidad, deporte, vídeojuegos, internet, personajes de moda, etc. Pero también de los padres, la escuela, los amigos, la moda o los juguetes. Todos sexualizan a la mujer, principal género objetivo, aunque los niños tampoco se libran. ¿Exageración? ¿Qué mensaje es el que cala en un cerebro esponjil cuando enciende la televisión o abre una revista:

- Para ser socialmente valioso y aceptado, si eres mujer, ante todo, hay que estar muy buena
- El aspecto físico de las mujeres tiene más peso e importancia que el de los hombres en todos los ámbitos de su vida
- La esencia de lo sexy está en el cuerpo
- La autoestima depende en gran parte de lo mucho o poco que gustes físicamente a los demás
- Está bien que se comercie laboralmente con la sexualidad de las mujeres para conseguir un objetivo
- Las mujeres pueden ser objetivizadas y expuestas para disfrute de los varones
- Tener un buen físico es tan o más importante que la formación académica o las cualidades personales.

La salud mental (trastornos alimentarios, de personalidad, de autoimagen, ansiedad y depresión, etc.) y física, el desarrollo de una sexualidad sana, y las actitudes y creencias sobre la feminidad y el sexo, acaban convergiendo en que el valor de una mujer está vinculado a su atractivo físico. Pensar sobre el propio cuerpo y compararse continuamente con los ideales sexuales culturalmente establecidos disminuye el rendimiento intelectual y distorsiona claramente las motivaciones y los procesos emocionales.

El efecto dañino de la sexualización en la mujer joven se prolonga en la etapa adulta y se extiende a los chicos, a los hombres adultos y a toda la sociedad. El hombre puede creer que sólo es una buena pareja aquella que cumple con los estereotipos sexuales “aceptados”. La mujer adulta puede pasarse la vida intentando parecer siempre joven y sufriendo por ello. Y en las sociedades sexualizadas aumenta el sexismo, disminuye el interés de las mujeres por profesiones científicas, de ingeniería o tecnología y aumentan las conductas de violencia sexual y la demanda de pornografía infantil.

Las alarmas y recomendaciones del informe comentado al inicio provienen de expertos sin intención moralista, religiosa o feminista. No comportan retroceder en la libertad sexual ni en su información, sino todo lo contrario, tratan de insistir en aquello que es fuente de seguros problemas. Además esa “sexualización precoz” no facilita el disfrutar del sexo posteriormente de manera sana y libre. Querer ser muy sexy no va asociado con una buena práctica sexual ni con una libertad para ejercerla sanamente y con madurez. Hay estrategias para minimizar la influencia de los medios sobre la sexualidad insana pero la sociedad debe querer imponerlas y proponerse abandonar ganar dinero a través de ellas. ¿Quiere?



P.S. Este article es un tutti frutti entre ideas mías y otras de psicólogos y sociólogos que he ido recogiendo por ahí, asi que no es 100% de mi cosecha.

dimanche 10 avril 2011

Las hijas de las mamachicho




Cuando salía del colegio, solía merendar en casa de alguna amiga que ya hubiera entrado en la “nueva era televisiva”. Y a pesar del atractivo de la novedad y de la frustración constante de ser la única que aún no podía disfrutar de los, por entonces, canales de moda, había detalles en Tele5, por ejemplo, que, a pesar de mi tierna edad, me indignaban sobremanera. No entendía cómo era posible que un grupo de tías buenorras dominasen más diestramente el don de la ubicuidad que el mismísimo coche fantástico. Para mi eran como ese inoportuno xirimiri que aparecía cuando tenía planeado ir a algún sitio o, simplemente, no llevaba paraguas. De hecho, lograban que hasta Emilio Aragón, el otrora rey televisivo del humor blanco, quedara reducido a todo un Benny Hill estandar. Y entre el mareo constante de las cacao maravillao y las inefables mamachicho, no dejaba de pensar “¿acaso en ese canal tienen una opinión tan pobre de la capacidad de atención del público masculino como para tener que “endomingar” toda su programación?”.

Algo más de veinte años después, una tarde, mientras hacía tiempo entre clase y clase, se me ocurrió encender la televisión, para descubrir, con mi estoicidad de opsímata (o de persona que llega tarde a las cosas) un universo paralelo de programas “para jóvenes”, plagados de tipos feúchos supuestamente graciosos y de macizorras supuestamente descaradas ofreciendo su particular versión de la actualidad. Y me asaltó el mismo “no entender” que en la época del berlusconismo más descarado. ¿A que viene tanta asimetría de roles?. Si según su lógica los chicos florero no son necesarios, ¿las "chicas normalitas" con talento no existen? ¿por qué ellos van tan de andar por casa y ellas tan encorsetadas que cuando se sientan tienes “angustia ajena” de que se les vea hasta el píloro?¿qué necesidad tiene la rubia exuberante a la izquierda de Florentino, esa que estaría estupenda hasta con un saco de patatas, de llevar día si y día también escotazos a lo choni? o ¿por qué Patricia Conde siente alergia a los pantalones largos todos los días del año?.

Y es que, mal que nos pese, dos décadas después, las cosas no han cambiado tanto, después de todo. Nunca se puede saber con seguridad si, principalmente, el espectador se traga lo que le echan o si, por otra parte, tiene algún tipo de influencia sobre el menú. Fiándome de un curso de ética periodística al que acudí años ha, afirmaría que es más bien lo primero. ¿Estaremos curados de espanto hasta el punto de perder nuestra, cada vez más escasa, capacidad crítica?. ¿A qué planta del infierno irán destinados los programadores televisivos, según la lógica de Desmontando a Harry by Woody Allen?.


P.S. Me he estrujado el cerebro, he echado mano de mis conocimientos de psicología, he consultado con sociólogos, estadísticos y pitonisas, pero sigo sin comprender el éxito de Tonterías las justas (o, mejor dicho, no lo quiero entender... ).

dimanche 3 avril 2011

No es país para príncipes




Confieso públicamente que no conozco a mis vecinos. Grandes capos de la mafia de diferentes nacionalidades podrían trapichear a sus anchas en el edificio y yo no me daría ni cuenta. Supongo que esto se debe en parte a que me salto a diario los breves momentos de forzada interacción, ya que, a menos que la compra me acompañe, suelo subir y bajar las escaleras. En una de esas escasas ocasiones, coincidí en el ascensor con el vecino de al lado. Temía un incómodo silencio o una charla insustancial sobre el tiempo, pero para mi sorpresa, comenzó a hablarme de las quejas de la comunidad hacía otro vecino por los ruidos excesivos que estaban generando las obras de su casa. Según Mr B (la letra de su puerta es lo único que sé de él), este hombre estaba siendo injustamente acusado, y añadió que si él estuviera en su lugar, gritaría a los 4 vientos que en su casa podía hacer lo que le diera la gana, bien fuera usar el taladro o tocar la trompeta, sin importar si eran las 4 de la tarde o de la mañana.

Tristemente, lo de este anti-Flanders no es un caso aislado. El club “hago lo que quiero sin tener en cuenta las consecuencias mientras me dejen” tiene muchos adeptos en todos los estratos económicos y sociales. A mi este yoyismo desproporcionado se me asemeja a esa mentalidad megalómana que tenía la realeza en la edad media. Pongamos el ejemplo extremo de un príncipe malcriado que se pasea a diario con la confianza de que todo lo que entra dentro de los confines del reino de papá es suyo. Mientras el monarca se lo permita, puede sablear a los campesinos, aprovecharse de las mujeres, quemar unas cuantas casas como quien toma el te o azotar al pintor de la corte por dejarle poco favorecido en un cuadro. ¿Pero que pasa si un día el reino entero se amotina y deciden que todos merecen tener exactamente los mismos derechos y privilegios que un príncipe?

Básicamente, solo hay dos opciones posibles. Del canibalismo de la primera ya vemos suficiente en la calle, los periódicos, los telediarios, los libros de historia, y novelas como La Carretera, de Cormac McCarthy. La segunda, pasa por un cambio de valores, asumir que la única forma de convivir entre príncipes es que nadie lo sea. Pero, como sociedad, aún no estamos reeducados, por eso protestamos cada vez que vemos mermados o amenazados nuestros “derechos reales” sin tener en cuenta, en muchas ocasiones, las consecuencias del L’Oreal thinking o “porque yo lo valgo”.

Esta rancia visión del mundo no se ha puesto en evidencia sólo en los grandes cambios sociales, económicos o culturales que hemos vivido, como, por ejemplo, el derrocamiento de los grandes tiranos, la creación de sindicatos o el derecho de las mujeres al voto. Siempre ha habido príncipes, como Mr B, que protestaron al descubrir que tenían que mantener ciertas normas cívicas de convivencia, cuando les indicaron cómo conducir o tirar la basura, y, más recientemente, mediante la prohibición de la ley anti-tabaco.

Estamos en la era del destronamiento, ladies & gentlemen. La población principesca aumenta y las tierras y recursos a nuestra disposición son cada vez más escasos. Reeducar pasa por poner límites o eliminar conductas y, como adultos malcriados de la generación del derroche, debemos ajustarnos a ellos, reaprender que, en realidad, no podemos abusar y/o despreciar lo que no nos pertenece porque el impacto de lo que hacemos (o no hacemos) no nos afecta(rá) solo a nosotros. Esto puede hacerse a las buenas, mediante un cambio de chip (o una hábil Super Nanny) o a las malas, vía multas económicas, prohibiciones, penas de cárcel y demás. ¿Estaremos preparados para los ajustes que nos esperan? ¿cómo reaccionaremos como sociedad dentro de unos años, si nos limitan, por ejemplo, la cantidad de carne que debemos consumir o la cantidad de hijos que podemos tener?

¿Qué me dices de ti? ¿eres "príncesa/príncipe" o “ahorrador”? ;)

Para saber más: El futuro de la humanidad lo decidimos hoy El artículo tiene unos añitos, pero las cuestiones que plantea son tristemente actuales.


Pasen por la encuesta, s’il vous plaît!

mardi 15 mars 2011

My japanese adventure





Dicen que aprender un idioma equivale a tener una nueva casa en otro lugar del mundo, ya que no aprendes sólo una lengua, sino que te sumerges poco a poco en las costumbres, valores, cultura e idiosincrasia del país en cuestión.
Si esta afirmación fuera cierta y el tamaño de la casa resultase directamente proporcional al nivel de conocimientos de dicho idioma, yo en Japón tendría una baldosa... en un cuarto de escobas. Y es que el japonés es una de esas lenguas capaces de derrotar y empujar al suicidio a Asterix, Obelix y a todos los habitantes de la pequeña aldea gala, aún después de haberse tomado la poción mágica.

Al principio empiezas motivadísimo y te divierten los anglicismos niponeados (reinkooto por raincoat, sokkusu por socks, seetaa por sweater) lo poético de algunos términos y las curiosas y cachondas coincidencias con el español (¡pan-ya significa panadería y “terebi o miru” ver la televisión!), pero poco a poco vas descubriendo que, a pesar de haberle dedicado considerablemente más tiempo y esfuerzo que a otros idiomas, no has aprendido ni la quinta parte. Este momento es clave y la mayoría de los alumnos, tiran la toalla. Otros, entre los que me encuentro, ni abandonamos ni nos ponemos las duracell, y simplemente mantenemos una relación intermitente de amor-odio con resultados bastante irregulares. Hasta que un día, de repente, te sorprendes entendiendo un mini letrero o descifrando un kanji en alguna película... y todo cambia.

Cada uno tiene una motivación distinta a la hora de estudiar japonés. Además de mi fascinación por la cultura nipona, a cierto nivel inconsciente, ingenuamente pensaba que si era capaz de dominar sus dos alfabetos y de memorizar una pequeña colección de kanjis, no habría nada que no pudiera hacer.
Supongo que estudio y estudiaré idiomas toda mi vida, porque es la mejor manera que conozco de mantenerme mentalmente en forma. Leer no es un reto lo suficientemente potente. Creo que no podemos olvidar que somos siempre estudiantes en algo. Las lenguas orientales como el japonés, el koreano o el chino, te obligan a “reiniciarte”, porque no sólo has de aprender a hablar, ¡sino que tienes que aprender a dibujar... digo a escribir!. No tienen palabras, tienen símbolos, por eso su arte destila poesía y su cine resulta tan visualmente poderoso.

Puede que me hubiese conmovido de la misma forma el drama que está viviendo Japón, si la triple tragedia hubiese sucedido en otro lugar del mundo. Es posible que también hubiera tenido pesadillas y una sensación de opresión constante en el pecho si hubiese ocurrido en Islandia, I don’t know. Sólo sé que durante estos 4 últimos días, no he podido escapar de mi pequeña y agrietada baldosa...





Nihon ganbatte kudasai

mardi 15 février 2011

La cazadora invisible




Dejadme que os cuente una historia.

Vivian Maier nació en Francia en 1926 pero se trasladó a Estados Unidos en la década de los 50. Aprendió inglés asistiendo al teatro y tras una breve estancia en NY, se mudó a Chicago donde ejercería de niñera durante gran parte de su vida.
Decían que tenía un carácter hosco y huidizo, que adoraba las películas extranjeras, y que, además de socialista y feminista, vestía como un hombre. Algunos sabían de su afición a la fotografía porque su cámara la acompañaba constantemente en sus paseos por la ciudad, pero el destino de esos carretes que compraba compulsivamente era un misterio: nunca enseñó ni una sola de sus fotografías a nadie.





Hacia el final de su vida, abrumada por las deudas, Maier sobrevivió gracias a la generosidad de las personas que cuidó. Ellas fueron quienes le compraron un apartamento y se ocuparon de ella, hasta su fallecimiento, en 2009.





Tras una subasta de antigüedades de un almacén, puestos en venta debido a los pagos atrasados de sus dueños, John Maloof encontró la increíble colección de más de 40.000 negativos escondidos en unos muebles, de los que alrededor de 15.000 seguían sin revelar. También halló un nombre, Vivian Maier, escrito con lápiz en los sobres de laboratorio.





El 21 de abril del 2009, un día antes del inicio de la búsqueda de su paradero, apareció en el diario Chicago Tribune el obituario de Maier que Maloof encontraría vía google tiempo después. Según ese texto vivía en Oak Park, un suburbio de la ciudad, y era "una segunda madre de John, Lane y Matthew". Después de contactar con el diario para saber quién lo había publicado, John Maloof llegó a una dirección que no existía, y un número de teléfono que estaba fuera de servicio. Tantas preguntas sin contestar lo instaron a crear un blog para difundir la obra de la que, probablemente, haya sido una de las miradas más incisivas de los años 50 y 60, Vivian Maier - Her Discovered Work





Hace una semana que conocí a Maier y sigo pensando que la suya es una de las historias más tristes que he leído en mucho tiempo. Es injusto morir sin saber que se es un artista o, peor aún, que esa condición la decidan los otros...




P.S. Gracias por descubrírmela, Winnie :)

dimanche 6 février 2011

Disonancia cognitiva




Afirmaciones del tipo “las parejas lésbicas son más felices que las heteros porque hay más ternura, comprensión y colaboración por parte de ambos integrantes de la pareja”, sólo pueden despertar incredulidad por parte de personas que, como yo, se consideran igualistas militantes. De hecho, mi primera reacción fue “Menuda estupidez, las personas son mucho más que géneros o identidades sexuales. Si cada uno de nosotros ya es un universo en sí mismo, la mezcla de dos casi siempre resulta impredecible. Además, sólo tras un estudio minucioso con bisexuales experimentados se podría afirmar algo así ".

Pero, inmediatamente, descubrí que cierta indignación extra había mantenido pulsado el resorte de la duda. Y recordé un consejo que un profesor nos repitió hasta la saciedad en la universidad: mantened siempre la mentalidad científica y considerad todas las opciones, incluso si van contra la lógica, vuestras ideas o prejuicios.
¿Será posible entonces, que, aquí y ahora, las parejas gays surgidas de la generación Barrio Sésamo, la que la precede y la que le viene detrás, con sus limitaciones, apatías, introyectos y desorientaciones masculinas varias, tengan alguna ventaja sobre las heterosexuales? ¿los no homosexuales nos estaremos perdiendo algo valioso, en alguna de las dimensiones parejiles, que con alguien del otro sexo jamás podríamos conocer?

Y cuando estaba a punto de hacer una de esas encuestas colectivas a los sufridos miembros de mi Breakfast Club, caí en la cuenta de que, en realidad, mis hipótesis iniciales seguían manteniéndose y que conocer la respuesta (si es que existía) carecía de importancia, porque lo que había hecho click iba más allá de la duda insatisfecha. Y es que, puede que no sepa mucho de homosexualidad, pero si sé lo que es formar parte de un colectivo minoritario bastante ninguneado en nuestra sociedad: el vegetariano.

¿Y qué carajo tendrá eso que ver?, os estaréis preguntando. Pues a que, una vez más, siempre que entren en juego opciones alternativas y/o minoritarias que nos planteen un “reajuste mental” (bien sean sexuales, filosóficas, culturales, políticas, etc) y que nos enfrenten a nuestro miedo al cambio, todo se reduce a esa lucha mental que en psicología toma el nombre de disonancia cognitiva. En este caso concreto, es la batalla entre una idea nueva contra una tragada pero no masticada, que, en la mayoría de los casos, asumimos con inercia y mansedumbre: la opción mayoritaria es la mejor con diferencia. Y es que, cuando formamos parte de la manada, nos sentimos tan seguros, cómodos y protegidos por esta reafirmación que encaja a la perfección con el mundo que conocemos, que no nos planteamos con objetividad las virtudes de otras alternativas menos populares (de hecho, en ocasiones, ni siquiera queremos oír hablar de ellas).

¿No será esa presunción acrítica, ese no subirse con frecuencia a otras mesas para ver desde diferentes ángulos, como diría el profesor “Oh captain, my captain!” Keating, lo que sí resulta una gran pérdida?.

dimanche 9 janvier 2011

¿Y si viviéramos para siempre?




“La muerte es la única certeza que tenemos” aseguraban los existencialistas. Para otros, "su inevitabilidad, es lo único que da sentido a la vida". Pero todos, pensadores y no tan pensadores, nos pasamos nuestra existencia tratando de aceptarla (y postergarla), sin éxito en la mayoría de los casos. Pero, ¿y si la gran certeza tuviera los años (bueno, más bien los siglos) contados?¿y si el futuro de nuestra especie pasara por la inmortalidad?

Expertos en medicina, biología y gerontología aseguran que no sólo es posible, sino que resultará inevitable. Ya no es sólo material de ciencia ficción pretender que la raza humana evolucione a la transhumanidad y posthumanidad. La ciencia cognitiva, biotecnología y nanotecnología avanzarán de tal modo, que, progresivamente, tomaremos las riendas de nuestra propia evolución, hasta que, en última instancia, nos veamos libres de todas las limitaciones de nuestro cuerpo.

Durante todo ese proceso de la trans a la posthumanidad, cuando nuestros cuerpos aún sean mortales, recurriremos a una especie de transferencia mental (proceso de codificación de una mente real para su posterior transvase a otro sustrato) de tal forma que lo único que perdamos para siempre sean nuestros cuerpos.
En esta hipotética etapa, sólo se podría morir en un accidente o por culpa de algún tipo de enfermedad incurable. Las muertes naturales serán cosa del pasado.
Pero una población en la que sólo hay incrementos y apenas descensos tampoco es viable. El precio que tendremos que pagar por nuestra inmortalidad, será una limitación considerable del número de nacimientos.

Puede que, a ojos de esos transhumanos, tal vez seamos tan primitivos y simples como a nosotros nos resultan hoy día nuestros primos prehistóricos. Ellos no entenderán, por ejemplo, por qué no guardamos en nuestro cerebro inmediatamente la información que recibimos (en lugar de retener sólo una pequeña parte de forma “natural”); cómo nos cuesta tanto aprender una nueva habilidad o un idioma (el Matrix Learning nos espera... o casi); ni por qué la humanidad acepta mansamente su mortalidad, en lugar de afanarse en postergar sus días.

Pero, ¿tendrá el mismo sentido y valor la vida cuando no exista miedo a perderla?. Si nuestra existencia se alarga indefinidamente, ¿sabremos aprovecharla?¿nos convertiremos en eternos adolescentes o más bien en los sabios elfos de Rivendel?.
Si pulsamos la tecla ff durante un rato en nuestra imaginación, resulta muy difícil identificarse con unos seres que no duermen, ni comen, ni se cansan, ni sienten frío o dolor. Esos more-than-humans, ¿estarán realmente más humanizados? ¿heredarán lo mejor de nuestra especie?.

Obviamente, nuestro intelecto mejorará, ¿pero que pasará con el instinto, la emoción y el alma? ¿se extinguirán o evolucionarán hacia extremos que no podemos ni imaginarnos?.
Si la empatía y la compasión son lo que nos hace realmente humanos, ¿serán hipercompasivos e hiperempáticos nuestros primos del futuro o surgirán otras ”emociones” y valores?.
Y, siguiendo con las grandes preguntas, ¿existirán el amor y el arte en el futuro? ¿conviviremos armónicamente con el resto de las especies? ¿serán Eva y Wall·E los padres de la posthumanidad?.



“La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos se conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales. Homero y yo nos separamos en las puertas del Tánger; creo que no nos dijimos adiós."

Extracto de El inmortal, primer cuento de El Aleph de Borges.


Os invito a mi particular Cuento autobiográfico de Navidad :)
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