
Me la cruzo casi diariamente. Cada vez que me sonríe con su mirada líquida, sé que no tengo escapatoria. Apenas nos conocemos, pero en los escasos quince minutos que dura el trayecto en tren, me pone al tanto de su vida. Puede que yo sea su única cómplice involuntaria, aunque intuyo que también hay otr@s. Sé que está sola en nuestro país, que no tiene amigos, que toda su vida ha sido desmembrada. Me recuerda a uno de esos árboles tropicales con raíces externas que se alimentan de humedad y aire; desafía mi lógica.
Su acento del este resalta aún más cuando recuerda su lugar de origen, sus olores, sus sabores, sus lamentos. Proclama su odio a su nuevo hogar con la voz, nunca con palabras. Es una de tantas mujeres que metieron su vida en cajas por amor y una promesa. Ahora su casa es más grande, pero su microcosmos se ha reducido a un sistema binario compuesto por su marido y su trabajo. Simplemente gira. Cada vez que pronuncia “él”, alargando la e ligeramente, juguetea con su alianza de oro blanco. Venera a su pareja con la misma adoración ciega que sienten los niños pequeños por sus padres. No se da cuenta de que el rencor y la rabia siguen encaramados en todas las puertas aunque ella deje de verlos.
Hoy me confiesa que quiere tener un hijo, que ya tiene 30 años, que ha llegado el momento. Lo dice sin pasión, sin entusiasmo, sin amor. Hay más brillo en sus ojos cuando hojea las revistas de decoración que tanto venera. Me trago mi impotencia. En un mundo perfecto, la gente sólo debería tener hijos si sintiese un hueco irremplazable, un extraño anhelo mezclado con dolor, si en ese momento de su vida no existiese mejor regalo para el alma. Pero ella tiene una brújula prestada que de repente ha caído en sus manos. El norte es como una meca metafórica que tarde o temprano tendrá que visitar. No quiere viajar demasiado tarde y toparse en la ida con todos aquellos que ya están de vuelta.
Hoy me confiesa que quiere tener un hijo, que ya tiene 30 años, que ha llegado el momento. Lo dice sin pasión, sin entusiasmo, sin amor. Hay más brillo en sus ojos cuando hojea las revistas de decoración que tanto venera. Me trago mi impotencia. En un mundo perfecto, la gente sólo debería tener hijos si sintiese un hueco irremplazable, un extraño anhelo mezclado con dolor, si en ese momento de su vida no existiese mejor regalo para el alma. Pero ella tiene una brújula prestada que de repente ha caído en sus manos. El norte es como una meca metafórica que tarde o temprano tendrá que visitar. No quiere viajar demasiado tarde y toparse en la ida con todos aquellos que ya están de vuelta.
Siento tristeza por ella, pero siento aún más tristeza por ese niño no nato o cruz en el calendario. No quiero que nazca por los motivos equivocados. Nadie debería ser forzado a convertirse en la raíz de otro alguien...