
A veces pasamos por alto muchas señales machistas diarias, en parte por habituación, en parte por impotencia, y también debido a las dos mil millones de rumias que tenemos en la cabeza. En un ejercicio de honestidad, hay que admitir que muchas de esas señales duelen y da la impresión de que resulta “quijotesco” enfrentarse a ellas, pero si no nos indignamos lo suficiente para combatirlas, si no tratamos de eliminarlas quirúrgicamente a diario, mediante las palabras que escogemos, los hábitos que adoptamos o los toques y reivindicaciones que hacemos, estamos contribuyendo al crecimiento de la mala hierba en el ya descuidadísimo jardín. No sé en vuestro caso, pero para mi “no cortar la hierba” equivale a faltarme al respeto y YA no estoy dispuesta a que eso suceda.
¿Quién es mayor: Viggo Mortensen o Michelle Pfeiffer? O, dicho de otra manera, ¿cuál de los dos tiene más posibilidades de ser el protagonista absoluto en una futura película o de seguir apareciendo en la lista de los más sexy? A pesar de que ambos son cosecha del 58 y de que, Pfeiffer, objetivamente, se conserve mejor que el ya ajado Mortensen, la respuesta es más que obvia. La pregunta, entonces, sería ¿por qué una mujer de 50 años es mayor que un hombre de la misma edad? ¿por qué las arrugas del carismático actor son más bellas e interesantes que las de la espléndida Cat Woman?
Los etólogos más rancios contraatacarían con hipótesis evolutivas, como si la raza humana fuera inmutable, y lo que alguna vez nos trajo hasta aquí pudiera justificar eternamente comportamientos y actitudes neanderthales. Posiblemente, insistirían en el hecho de que la plenitud de la mujer coincide con la plenitud de su ciclo reproductor y añadirían que tiene cierta lógica que la naturaleza “arrebate” el atractivo de una mujer cuando ya no le es útil. En otras palabras: una vez que su útero inicia la cuenta atrás y su capacidad como transmisora de genes queda alterada o anulada, se vuelve, inservible e invisible.
Pero no hace falta llegar a los cuatentaytantos para sufrir esa presión. A las mujeres, se nos mutila psicológicamente ya desde que nacemos. Los mensajes, entre las nanas de la cuna, son claros y directos: para ser aceptada, para resultar querida y deseada, has de ser joven y atractiva. Una vez pasada tu juventud y/o tu atractivo, tu “cotización” como ser humano habrá perdido muchos enteros. Vales, en gran medida, lo que vale tu capacidad para atraer pareja.
Esto lo saben muy bien los guionistas de Hollywood, los publicistas y los medios de comunicación, explotando el bridgetjonismo hasta extremos aberrantes. Ninguna mujer quiere ser únicamente la amiga de la protagonista, oséase, esa chica normalmente más torpe y menos agraciada que la big star, dotada de una ironía a prueba de bomba, cómplice de sus victorias, pero, al mismo tiempo, secretamente ambivalente ante su éxito (especialmente en lo tocante a los hombres). Pero eso es lo que nos venden una vez pasados los 40: una vida de secundaria en nuestra propia película.
Decir que la belleza y la juventud en cualquier sociedad (no sólo en la beautycentrica en la que vivimos) no son dones excesivamente admirables sería una hipocresía descarada por mi parte. ¿Pero por qué tienen que ser más valiosos que otras virtudes bastante menos efímeras? ¿por qué los hombres pueden apoyarse en esas otras virtudes durante toda su vida para ser apreciados, e incluso, seguir resultando atractivos, y las mujeres no?
No nos dejemos manipular. El todo es mucho más que la suma de las partes. Que nuestra autoestima se nutra de todo lo que somos en cada paso que demos, en lugar de, limitarse a aferrar con temor, resignación y reverencia, el espejito mágico de la madrastra de Blancanieves.