
Dejadme que os cuente una historia.
Vivian Maier nació en Francia en 1926 pero se trasladó a Estados Unidos en la década de los 50. Aprendió inglés asistiendo al teatro y tras una breve estancia en NY, se mudó a Chicago donde ejercería de niñera durante gran parte de su vida.
Decían que tenía un carácter hosco y huidizo, que adoraba las películas extranjeras, y que, además de socialista y feminista, vestía como un hombre. Algunos sabían de su afición a la fotografía porque su cámara la acompañaba constantemente en sus paseos por la ciudad, pero el destino de esos carretes que compraba compulsivamente era un misterio: nunca enseñó ni una sola de sus fotografías a nadie.

Hacia el final de su vida, abrumada por las deudas, Maier sobrevivió gracias a la generosidad de las personas que cuidó. Ellas fueron quienes le compraron un apartamento y se ocuparon de ella, hasta su fallecimiento, en 2009.

Tras una subasta de antigüedades de un almacén, puestos en venta debido a los pagos atrasados de sus dueños, John Maloof encontró la increíble colección de más de 40.000 negativos escondidos en unos muebles, de los que alrededor de 15.000 seguían sin revelar. También halló un nombre, Vivian Maier, escrito con lápiz en los sobres de laboratorio.


Hace una semana que conocí a Maier y sigo pensando que la suya es una de las historias más tristes que he leído en mucho tiempo. Es injusto morir sin saber que se es un artista o, peor aún, que esa condición la decidan los otros...

P.S. Gracias por descubrírmela, Winnie :)