mardi 15 février 2011

La cazadora invisible




Dejadme que os cuente una historia.

Vivian Maier nació en Francia en 1926 pero se trasladó a Estados Unidos en la década de los 50. Aprendió inglés asistiendo al teatro y tras una breve estancia en NY, se mudó a Chicago donde ejercería de niñera durante gran parte de su vida.
Decían que tenía un carácter hosco y huidizo, que adoraba las películas extranjeras, y que, además de socialista y feminista, vestía como un hombre. Algunos sabían de su afición a la fotografía porque su cámara la acompañaba constantemente en sus paseos por la ciudad, pero el destino de esos carretes que compraba compulsivamente era un misterio: nunca enseñó ni una sola de sus fotografías a nadie.





Hacia el final de su vida, abrumada por las deudas, Maier sobrevivió gracias a la generosidad de las personas que cuidó. Ellas fueron quienes le compraron un apartamento y se ocuparon de ella, hasta su fallecimiento, en 2009.





Tras una subasta de antigüedades de un almacén, puestos en venta debido a los pagos atrasados de sus dueños, John Maloof encontró la increíble colección de más de 40.000 negativos escondidos en unos muebles, de los que alrededor de 15.000 seguían sin revelar. También halló un nombre, Vivian Maier, escrito con lápiz en los sobres de laboratorio.





El 21 de abril del 2009, un día antes del inicio de la búsqueda de su paradero, apareció en el diario Chicago Tribune el obituario de Maier que Maloof encontraría vía google tiempo después. Según ese texto vivía en Oak Park, un suburbio de la ciudad, y era "una segunda madre de John, Lane y Matthew". Después de contactar con el diario para saber quién lo había publicado, John Maloof llegó a una dirección que no existía, y un número de teléfono que estaba fuera de servicio. Tantas preguntas sin contestar lo instaron a crear un blog para difundir la obra de la que, probablemente, haya sido una de las miradas más incisivas de los años 50 y 60, Vivian Maier - Her Discovered Work





Hace una semana que conocí a Maier y sigo pensando que la suya es una de las historias más tristes que he leído en mucho tiempo. Es injusto morir sin saber que se es un artista o, peor aún, que esa condición la decidan los otros...




P.S. Gracias por descubrírmela, Winnie :)

dimanche 6 février 2011

Disonancia cognitiva




Afirmaciones del tipo “las parejas lésbicas son más felices que las heteros porque hay más ternura, comprensión y colaboración por parte de ambos integrantes de la pareja”, sólo pueden despertar incredulidad por parte de personas que, como yo, se consideran igualistas militantes. De hecho, mi primera reacción fue “Menuda estupidez, las personas son mucho más que géneros o identidades sexuales. Si cada uno de nosotros ya es un universo en sí mismo, la mezcla de dos casi siempre resulta impredecible. Además, sólo tras un estudio minucioso con bisexuales experimentados se podría afirmar algo así ".

Pero, inmediatamente, descubrí que cierta indignación extra había mantenido pulsado el resorte de la duda. Y recordé un consejo que un profesor nos repitió hasta la saciedad en la universidad: mantened siempre la mentalidad científica y considerad todas las opciones, incluso si van contra la lógica, vuestras ideas o prejuicios.
¿Será posible entonces, que, aquí y ahora, las parejas gays surgidas de la generación Barrio Sésamo, la que la precede y la que le viene detrás, con sus limitaciones, apatías, introyectos y desorientaciones masculinas varias, tengan alguna ventaja sobre las heterosexuales? ¿los no homosexuales nos estaremos perdiendo algo valioso, en alguna de las dimensiones parejiles, que con alguien del otro sexo jamás podríamos conocer?

Y cuando estaba a punto de hacer una de esas encuestas colectivas a los sufridos miembros de mi Breakfast Club, caí en la cuenta de que, en realidad, mis hipótesis iniciales seguían manteniéndose y que conocer la respuesta (si es que existía) carecía de importancia, porque lo que había hecho click iba más allá de la duda insatisfecha. Y es que, puede que no sepa mucho de homosexualidad, pero si sé lo que es formar parte de un colectivo minoritario bastante ninguneado en nuestra sociedad: el vegetariano.

¿Y qué carajo tendrá eso que ver?, os estaréis preguntando. Pues a que, una vez más, siempre que entren en juego opciones alternativas y/o minoritarias que nos planteen un “reajuste mental” (bien sean sexuales, filosóficas, culturales, políticas, etc) y que nos enfrenten a nuestro miedo al cambio, todo se reduce a esa lucha mental que en psicología toma el nombre de disonancia cognitiva. En este caso concreto, es la batalla entre una idea nueva contra una tragada pero no masticada, que, en la mayoría de los casos, asumimos con inercia y mansedumbre: la opción mayoritaria es la mejor con diferencia. Y es que, cuando formamos parte de la manada, nos sentimos tan seguros, cómodos y protegidos por esta reafirmación que encaja a la perfección con el mundo que conocemos, que no nos planteamos con objetividad las virtudes de otras alternativas menos populares (de hecho, en ocasiones, ni siquiera queremos oír hablar de ellas).

¿No será esa presunción acrítica, ese no subirse con frecuencia a otras mesas para ver desde diferentes ángulos, como diría el profesor “Oh captain, my captain!” Keating, lo que sí resulta una gran pérdida?.

dimanche 9 janvier 2011

¿Y si viviéramos para siempre?




“La muerte es la única certeza que tenemos” aseguraban los existencialistas. Para otros, "su inevitabilidad, es lo único que da sentido a la vida". Pero todos, pensadores y no tan pensadores, nos pasamos nuestra existencia tratando de aceptarla (y postergarla), sin éxito en la mayoría de los casos. Pero, ¿y si la gran certeza tuviera los años (bueno, más bien los siglos) contados?¿y si el futuro de nuestra especie pasara por la inmortalidad?

Expertos en medicina, biología y gerontología aseguran que no sólo es posible, sino que resultará inevitable. Ya no es sólo material de ciencia ficción pretender que la raza humana evolucione a la transhumanidad y posthumanidad. La ciencia cognitiva, biotecnología y nanotecnología avanzarán de tal modo, que, progresivamente, tomaremos las riendas de nuestra propia evolución, hasta que, en última instancia, nos veamos libres de todas las limitaciones de nuestro cuerpo.

Durante todo ese proceso de la trans a la posthumanidad, cuando nuestros cuerpos aún sean mortales, recurriremos a una especie de transferencia mental (proceso de codificación de una mente real para su posterior transvase a otro sustrato) de tal forma que lo único que perdamos para siempre sean nuestros cuerpos.
En esta hipotética etapa, sólo se podría morir en un accidente o por culpa de algún tipo de enfermedad incurable. Las muertes naturales serán cosa del pasado.
Pero una población en la que sólo hay incrementos y apenas descensos tampoco es viable. El precio que tendremos que pagar por nuestra inmortalidad, será una limitación considerable del número de nacimientos.

Puede que, a ojos de esos transhumanos, tal vez seamos tan primitivos y simples como a nosotros nos resultan hoy día nuestros primos prehistóricos. Ellos no entenderán, por ejemplo, por qué no guardamos en nuestro cerebro inmediatamente la información que recibimos (en lugar de retener sólo una pequeña parte de forma “natural”); cómo nos cuesta tanto aprender una nueva habilidad o un idioma (el Matrix Learning nos espera... o casi); ni por qué la humanidad acepta mansamente su mortalidad, en lugar de afanarse en postergar sus días.

Pero, ¿tendrá el mismo sentido y valor la vida cuando no exista miedo a perderla?. Si nuestra existencia se alarga indefinidamente, ¿sabremos aprovecharla?¿nos convertiremos en eternos adolescentes o más bien en los sabios elfos de Rivendel?.
Si pulsamos la tecla ff durante un rato en nuestra imaginación, resulta muy difícil identificarse con unos seres que no duermen, ni comen, ni se cansan, ni sienten frío o dolor. Esos more-than-humans, ¿estarán realmente más humanizados? ¿heredarán lo mejor de nuestra especie?.

Obviamente, nuestro intelecto mejorará, ¿pero que pasará con el instinto, la emoción y el alma? ¿se extinguirán o evolucionarán hacia extremos que no podemos ni imaginarnos?.
Si la empatía y la compasión son lo que nos hace realmente humanos, ¿serán hipercompasivos e hiperempáticos nuestros primos del futuro o surgirán otras ”emociones” y valores?.
Y, siguiendo con las grandes preguntas, ¿existirán el amor y el arte en el futuro? ¿conviviremos armónicamente con el resto de las especies? ¿serán Eva y Wall·E los padres de la posthumanidad?.



“La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos se conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales. Homero y yo nos separamos en las puertas del Tánger; creo que no nos dijimos adiós."

Extracto de El inmortal, primer cuento de El Aleph de Borges.


Os invito a mi particular Cuento autobiográfico de Navidad :)
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